Doble mirada

Trampas y dilemas

La abstención no es una buena opción y el llamado a boicotear los comicios debiera repudiarse con toda la fuerza posible.

En esta época en la que hasta el presidente Peña Nieto reconoció que “hay una sensación de incredulidad y desconfianza”, los ciudadanos enfrentamos dilemas que no tienen una solución fácil ni clara. El desprestigio de la política, los partidos, los legisladores, los aparatos de seguridad, las instancias de procuración y administración de la justicia, los gobiernos y funcionarios ha llegado a tales niveles, que arrastra por parejo, en ocasiones hasta al buen juicio.

La primera trampa es la generalización absoluta. Es muy fácil, por tanto, caer en juicios generalizados de los cuales nadie se salva; ninguna institución queda libre de sospecha; todo está podrido; nada funciona bien; todos los políticos son rateros. De las muchas anécdotas y de las múltiples evidencias se pasa a los juicios absolutos, categóricos y universales. Pero no todo el Estado es corrupto y no todo funciona mal.

La segunda trampa es el maniqueísmo. La política y/o el Estado son y representan todo lo negativo y ya no tienen remedio. ¿Por qué vamos a creer que esa bola de corruptos y vividores van a cambiar las cosas contra sus intereses? La sociedad y los ciudadanos, por omisión, somos los buenos; únicamente de la sociedad puede venir la solución. Ciudadanicemos todo: los organismos públicos, las candidaturas, al gobierno y hasta las policías (ahora las autodefensas son las buenas). La paradoja es que muchas soluciones o vienen del Estado o no habrá soluciones.

Detrás de esas dos trampas se esconde, en muchas ocasiones, un dogmatismo que encubre fobias ideológicas o partidistas muy peligrosas, desde mi punto de vista. Es el caso, por ejemplo, de los padres de Ayotzinapa, de algunos defensores de los derechos humanos y de varios medios de comunicación que, por principio, no pueden aceptar que el Estado haga algo bueno y nunca le creen nada y mucho menos si el gobierno es del PRI o del PAN. Siempre será un violador sistemático de los derechos humanos. Como no pueden aceptar la versión de la PGR sobre lo sucedido a los normalistas, tienen que inventar teorías cada vez más disparatadas (el Ejército participó en el secuestro o la matanza; los tienen detenidos en algún cuartel o los cremaron en sus hornos).

Los dilemas derivados de esa crisis generalizada de la política y del riesgo de satanizar por completo al Estado y a sus actores (como los partidos) no son sencillos de resolver. ¿Qué hacer el 7 de junio: votar, abstenerse o incluso boicotear las elecciones como algunas organizaciones lo plantean? ¿Qué es mejor?

1) Optar por la abstención para decirles a los partidos que nos importan un comino las elecciones, aunque a final de cuentas se legitime la nueva Cámara que Diputados muy probablemente de mayoría priista. 2) Anular el voto para mandar el mensaje más claro y directo de repudio no a la democracia, sino al sistema de partidos, con la esperanza de que los votos nulos sean un porcentaje considerable y los partidos se vean impulsados a renovarse, o 3) votar por algún partido de oposición para impedir que el PRI y el PVEM obtengan la mayoría aunque se fortalezca una oposición mediocre.

Para mí es claro que la abstención no es una buena opción y el llamado a boicotear los comicios debiera repudiarse con toda la fuerza posible. Pero las ventajas y desventajas de las otras opciones (anular o votar por alguna  oposición) no tienen una fuerza y una claridad contundentes. Ambas me parecen válidas. Lo relevante es partir del hecho de que necesitamos un Estado y una democracia mejores.