Doble mirada

Significados de la detención de 'El Chapo'

Uno es de orden político y simbólico y el otro impacta el ámbito de la economía criminal. El primero, que es el más inmediato y obvio, se desprende directamente de la figura de Joaquín Guzmán, el narcotraficante más buscado.

La detención de Joaquín Guzmán Loera tiene dos significados. Uno es de orden político y simbólico y el otro impacta el ámbito de la economía criminal. El primero, que es el más inmediato y obvio, se desprende directamente de la figura de El Chapo. Tanto su fuga del penal de máxima seguridad de Puente Grande en enero de 2001 (escondido en un carrito de ropa apenas unas horas antes de un operativo para impedir su fuga) como la incapacidad de las autoridades para recapturarlo, le otorgaron un carácter de símbolo.

La razón es que ambos hechos —fuga e incapacidad estatal— ilustraban con una contundencia pocas veces vista la fórmula de la que está hecha la impunidad en México: criminales astutos y osados que se aprovechan de instituciones estatales torpes, ineficaces y corruptas (Jorge Tello,  responsable del sistema penitenciario cuando la fuga, declaró que El Chapo no se había fugado, sino que le habían abierto las puertas). Desde entonces, Guzmán se convirtió en una espina clavada en el centro de las instituciones de seguridad y justicia, que les recordaba sistemáticamente su ineptitud y su escasa legitimidad y confiabilidad. La libertad de El Chapo era una alabanza y una invitación permanentes a vivir fuera de la ley. El crimen pagaba. Mientras él estuviera libre, habría motivo de escarnio para el Estado mexicano.

El sábado pasado terminó esa historia de vergüenza no solo para el Estado, sino para el país entero. Y lo hizo como de película: con el triunfo de la justicia. Guzmán está de nuevo en la cárcel mediante un operativo limpio, impecable, producto más de la inteligencia y menos de la fuerza. Es la reivindicación tardía pero plena del Estado, de su poder y superioridad sobre los criminales. El gobierno del presidente Enrique Peña y las instituciones de seguridad merecen una gran felicitación, pues se trata de un logro enorme. No se les debe ni puede escatimar.

Sin embargo, al mismo tiempo es necesario ubicar la detención de El Chapo en una perspectiva más amplia para poder aquilatar lo que ha estado sucediendo en los últimos años y poder sostener —y esto es lo relevante— que el Estado mexicano está afirmando su superioridad sobre el crimen organizado, que la detención de El Chapo no fue una casualidad o un golpe aislado. Si se revisa rápidamente el mapa criminal de 2006 —las organizaciones de Tijuana, Juárez, Sinaloa, El Golfo, Beltrán Leyva, La Familia y Los Zetas— siete años después, el saldo es sin lugar a dudas muy bueno en términos de dónde están sus líderes.

Muertos o detenidos: tres de los cuatro Beltrán Leyva (Arturo, Alfredo y Carlos); los dos de La Familia michoacana (Nazario Moreno y Jesús Méndez); dos de los cuatro del Pacífico (Nacho Coronel y El Chapo Guzmán); los dos de Los Zetas (Lazcano y Treviño); el del Golfo (Ezequiel Cárdenas, Tony Tormentas) además de numerosos segundos líderes. Ello no termina con las organizaciones —obvio— pero sí reduce la impunidad. Además confirma el fortalecimiento de las capacidades de las instituciones públicas de seguridad y el mensaje político de que una vez que el Estado decide ponerle un alto al crimen organizado, tiene los recursos suficientes para golpearlo de manera sistemática y afirmar su superioridad. Puede ser cuestión de tiempo, pero cuando hay la voluntad de hacerlo, el Estado se impondrá. Este es el significado político y simbólico de la detención de El Chapo. Es, por tanto, un logro que trasciende a los dos gobiernos involucrados en los últimos años en la lucha contra el narcotráfico para convertirse en uno del Estado mexicano.

No obstante su importancia, ese avance está lejos de representar la derrota del crimen organizado. Por eso hay que analizar el significado y los impactos de esa detención en la industria del narcotráfico, en la economía criminal.

La de Sinaloa es en la actualidad la principal organización del narcotráfico en México. No lo era cuando El Chapo se fugó de Puente Grande. Durante los 90, lo fueron las de Tijuana y Juárez y poco después, a partir de 2000, El Golfo, con su estrategia militarista a cargo de Los Zetas, comenzó a ganar terreno incursionando en territorio del Pacífico (Michoacán y Guerrero). Sinaloa corría el riesgo de ser desplazada ante el avance de sus competidores. Creo que la fuga de El Chapo de la cárcel tiene que ver con ese diagnóstico, pues inmediatamente que estuvo libre inició una estrategia de reposicionamiento de su organización. Se recrudeció el conflicto con Tijuana, inició su ofensiva contra El Golfo en Nuevo Laredo (2001); poco después comenzaron las hostilidades contra Juárez (2004), apoyó a La Familia en su lucha por expulsar a Los Zetas de Michoacán (2006) y finalmente se deshizo de una parte de su misma organización, los Beltrán Leyva (2008).

El objetivo de esa estrategia era demasiado obvio: recuperar el papel dominante o, de ser posible, monopólico. Era la guerra contra todas las organizaciones al mismo tiempo. Es evidente que no logró su sueño de recuperar el monopolio, pero si convirtió a su organización en una de las dos más poderosas (la otra el Golfo y luego Los Zetas). En esa aventura, El Mayo Zambada ha sido su socio y colaborador más cercano. Después de siete años de lucha contra ellos por parte del Estado, Tijuana de los Arellano Félix ya no existe; Juárez está bastante disminuida, al igual que el Golfo y Los Zetas. El cartel de Beltrán Leyva se convirtió en numerosas bandas más dedicadas al secuestro, la extorsión y el narcomenudeo que a la exportación de drogas a EU.

En ese panorama —todos sus adversarios estaban debilitados, sin liderazgos fuertes— el futuro parecía sonreírle a la organización de Sinaloa. Sin embargo, la captura de Guzmán Loera puede modificar drásticamente las perspectivas. Que se debilite a Sinaloa depende de dos factores. La primera interrogante es sobre la unidad y liderazgo. ¿Podrá El Mayo Zambada —quien parece ser el sucesor obvio— asumir el liderazgo sin conflictos internos o se iniciará un periodo de guerras intestinas e incluso de rupturas por el negocio y su conducción? Hay algunas sospechas de que la unidad de mando estaba fracturada y que ya había algunas escisiones en Durango, pero no están confirmadas. Habrá que esperar para poder afirmar cualquier cosa sobre la fortaleza y unidad o fragmentación de la organización y acerca de su liderazgo.

Aunque en el corto plazo el segundo escenario podría generar más violencia, en el mediano y largo es más conveniente para el Estado no tener una organización tan poderosa como la de El Chapo.

La segunda pregunta tiene que ver con la eficacia de la estrategia del gobierno en el futuro. Lo indicado sería continuar la ofensiva contra Sinaloa aprovechando el descontrol que se sigue a la captura de uno de sus líderes y la nueva información disponible, la cual le permitiría dar nuevos golpes estratégicos a fin de debilitarla lo más posible. Es claro que el mientras exista demanda de drogas en EU y México, habrá organizaciones dispuestas a satisfacerla. El tema no es si desaparecerá o no el narcotráfico, sino el tipo de organizaciones criminales que se va a tolerar.  La lucha permanente del Estado contra ellas debe impedirles crecer, fortalecerse,  convertirse en ejércitos de la muerte y apoderarse de partes del Estado en el ámbito local, como lo hicieron a partir del inicio de este siglo.

Ahora es la oportunidad para fraccionar y desarticular lo más posible a la organización de Sinaloa. El gobierno tiene la palabra, de ello depende que se avance hacia una recomposición menos agresiva y dañina para la sociedad de la industria del narcotráfico en México.

 Ex director del Cisen