Doble mirada

Semana Santa en México en 2015

En México hace falta que la jerarquía católica siga el ejemplo de Francisco y convoque al catolicismo mexicano, con un mensaje renovado, pero sobre todo con hechos, a construir una sociedad más justa, sin opresión, sin desigualdades sociales ni violencia.

En 2012, la pobreza —esa terrible condición de carencia cotidiana, permanente de alimento, techo, salud, educación, diversión— definía la vida de 53 millones de mexicanos. La pobreza extrema —hambre que agobia al pobre y a su familia entera todas las horas de todos los días, enfermedades evitables que aumentan el dolor, discriminación cotidiana que degrada y agrede, desesperación como horizonte de vida, y muerte injusta y temprana— se ensañaba contra 11.5 millones de mexicanos.

Como si ese mal no fuera suficiente, la violencia en todas sus formas —23 mil asesinatos en 2013, es decir, cada 24 minutos un mexicano decide arrebatarle la vida a otro; 392 mil robos a casas y 289 mil extorsiones, es decir, cada 45 segundos un mexicano es despojado, por la fuerza, de una parte de su patrimonio a manos de otro o de otros mexicanos; uno de cada cuatro niños es golpeado por sus papás; cuatro de cada diez mujeres ha sido víctimas de violencia física por parte de su pareja— es otra realidad que degrada y golpea a cientos de miles de mexicanos e introduce el odio y el resentimiento en las relaciones sociales cotidianas.

Podemos añadir el grave y extendido fenómeno de la discriminación a los indígenas, a las minorías religiosas, a los homosexuales, a las mujeres, a los pobres, a los morenos. Y entonces tenemos un triste retrato de una sociedad muy alejada de los valores cristianos. Esta valoración religiosa de la situación mexicana viene a cuento por el hecho de ser Semana Santa, la semana en que los católicos tratamos de recordar y recuperar el sentido de nuestra fe.

Según lo aprendí en un colegio jesuita, Jesús —hijo de Dios— vino al mundo a traer el reino de su padre, es decir a invitar a los hombres a sumarse a la empresa de construir una sociedad basada en el amor y la justicia; en la que los pobres, los humillados, los enfermos, los parias de la sociedad van primero. Que ser cristiano es creer en Cristo, y creer en Cristo no significa cumplir con los ritos ni con la pertenencia a una iglesia, sino amar a Dios. Y el amor a Dios se demuestra amando a los hombres, especialmente a quienes la sociedad desprecia y excluye. La muerte por tortura de Jesús, a manos de los representantes oficiales de la religión y del poder político, es el testimonio más acabado del amor a los hombres por parte de Dios.

Por tanto, la pobreza, desigualdad y violencia que sufre México habla mal de nosotros los católicos que decimos creer en Jesús, es decir, estar comprometidos con construir una sociedad según los mandamientos del amor y la justicia. El papa Francisco ha retomado un discurso más apegado al evangelio y está impulsando una conversión de la Iglesia para que su acción sea más un testimonio del amor a los hombres y a los pobres, que una prédica moralista. Vientos de renovación. En ese sentido ha comenzado a recuperar entre millones de católicos y no católicos la credibilidad de la Iglesia católica, pero sobre todo ha convocado a vivir como cristianos, a dar testimonio del amor a los excluidos.

En México hace falta que la jerarquía católica siga el ejemplo de Francisco y convoque al catolicismo mexicano, con un mensaje renovado, pero sobre todo con hechos, a construir una sociedad más justa, sin opresión, sin desigualdades sociales ni violencia. La iglesia es más que los curas y los obispos, pero el papel de éstos como líderes es fundamental. El potencial de cambio y su aportación serían enormes.