Doble mirada

Michoacán, la tragedia del Estado desaparecido

Al existir dos grupos que disputan violentamente su concepción de sociedad, seguridad y justicia se crea una situación de preguerra civil. Un escalón más para abajo en la descomposición social y política. Por eso nuestra tragedia, la del Estado débil nacional y desaparecido en Michoacán.

En mi libro Historia del Narcotráfico en México sostengo que el país vive dos tragedias: la de un crimen organizado extremadamente violento que ha causado en los últimos siete años decenas de miles de homicidios y la de un Estado incapaz de realizar su función básica (garantizar la seguridad de la sociedad) porque las instituciones responsables de ello son extremadamente débiles, insuficientes, ineficaces y parte de ellas corrupta. La primera tragedia no se habría presentado sin la segunda. Son dos caras de la misma moneda. Crimen organizado poderoso y violento y Estado débil y penetrado por el primero. Resultado: ciudadanos indefensos y desconcertados.

Se ha escrito demasiado sobre la primera y poco sobre la segunda. Cuando se habla de esta última, normalmente se reconoce la corrupción de las policías; se destaca la inoperancia de los ministerios públicos; se denuncian las severas deficiencias de la justicia y se señala que las cárceles son escuelas de posgrado en delincuencia. Esos son los fenómenos más visibles de la debilidad estatal en materia de seguridad y justicia. Las reflexiones sobre las consecuencias de todo eso se limitan a subrayar el elevado nivel de impunidad. Y no es que no sean ciertos esos fenómenos, pero no dan cuenta de la totalidad de las consecuencias y significado de un Estado débil.

La debilidad/ausencia estatal no es un asunto binario de sí o no, sino de grados. Y conforme se va agudizando la fragilidad del Estado se desencadenan procesos de deterioro social y político muy graves. Michoacán es ahora el ejemplo de esa degradación de la convivencia en todos los órdenes, pues a la debacle de las instituciones de seguridad y justicia federales y locales se suma la del gobierno estatal: gobernador ausente y débil, crisis financiera severa, sospechas de colusión con el crimen organizado.

Entonces, el estado de cosas “normal” y situaciones que se dan por hechas, como inamovibles, se desmoronan con una facilidad impresionante. La inoperancia de policías, ministerios públicos, etcétera, es la cara visible de la debilidad de lo estatal, pero detrás de ella se presentan dos fenómenos más perturbadores, invisibles pero reales. El primero, el estallido del marco normativo constitucional y legal y eso también significa que las autoridades del Estado dejan de ser el referente de la vida cotidiana para la sociedad.

Esos dos vacíos son sustituidos por los grupos criminales. Los caballeros templarios han impuesto su propio régimen jurídico (entre otras la ley de plata o plomo) y su propio sistema de impuestos (la extorsión) a toda la población y al sector productivo. El objetivo: apropiarse de la riqueza social y de los recursos públicos. En otras palabras llevar a su máximo nivel el expolio, que según el diccionario es el despojo con violencia e iniquidad. Además, la única justicia es la de La Tuta y sus comandantes que se convierten en jueces y autoridades y solo existe una pena para quien se atreve a desafiar el nuevo estado de cosas: la pena de muerte.

El segundo fenómeno que sigue a la desaparición del Estado como orden normativo y como autoridad es, además de la fractura de la confianza en las instituciones públicas, la pérdida de referente y el desconcierto de la sociedad. ¿A quién se recurre cuando la economía y la operación de las empresas quedan trastocadas por la extorsión generalizada? ¿Qué hacer con el miedo permanente, cotidiano, a ser secuestrado, extorsionado, asesinado? ¿Cooperar con los criminales no es lo sensato en esas circunstancias?

Una parte de la sociedad se alinea con los criminales y otra decide defenderse por la vía armada. Comienza la lucha por imponer otro marco normativo. ¿Con base en qué normas las autodefensas procuran seguridad y justicia a la población? Con base en las que dicten sus líderes. Mismo fenómeno, diferente sujeto. Mismo resultado. Pero con el agravante de que al existir dos grupos que disputan violentamente su concepción de sociedad, seguridad y justicia se crea una situación de preguerra civil. La ley de la selva, la del más fuerte. Un escalón más para abajo en la descomposición social y política. Por eso lo de nuestra segunda tragedia, la del Estado débil nacional y desaparecido en Michoacán.