Doble mirada

Lecciones del primer año

El PRI regresó al poder hace un año con el aura, no sé realmente qué tan extendida, de un partido con gran experiencia en el gobierno.  Después de 12 años de dos administraciones panistas —calificadas, aún al calor de la inmediatez y con sesgo partidista, como oportunidades fallidas— no era difícil propagar el lema de “nosotros sí sabemos gobernar”.

Durante sus 70 años en Los Pinos hicieron muchas cosas buenas (modernizaron la economía del país, construyeron instituciones sociales de gran relevancia, permitieron una transición a la democracia ordenada, etcétera) y otras francamente malas (la cultura de la corrupción, el autoritarismo presidencial, la minimización del estado de derecho, las reiteradas crisis económicas, por mencionar algunas). Pero como cualquier partido político —que tiende a exagerar lo bueno y a desentenderse de lo malo— el PRI se sintió sobrado.

Los primeros meses los astros jugaron a su favor y las cosas marchaban de maravilla, debido a un arranque impetuoso del Pacto por México, pues en escasos cuatro meses el gobierno de Peña Nieto podía presumir dos reformas de fondo —educativa y telecomunicaciones— que ponen las bases para desmontar la maraña de intereses que tenían privatizada la educación pública y habían hecho del sector de las telecomunicaciones el coto de empresas con fuerte dominancia monopólica.

Sin embargo, a partir de mayo la realidad comenzó a mostrar que es más terca y compleja que toda la sabiduría y experiencia del PRI. El caso es que al cumplirse los primeros 365 días de la segunda época de ese partido, las cuentas no son tan buenas como hubieran querido. El saldo más negativo está en la economía. De una expectativa de crecimiento en 2013 de 3.5% del PIB, la cifra apenas superará el 1%. Y lo peor es que las causas que provocaron esa drástica reducción  del crecimiento —con sus secuelas de poco empleo nuevo, más informalidad, más pobreza— tienen que ver con la conducción gubernamental.

La caída fuerte del crecimiento se dio en el primer semestre del año y de los cuatro factores que la provocaron, tres son responsabilidad de las autoridades: la construcción pública decreció 9% (contra un aumento de 2.8% en el mismo periodo de 2012); el consumo gubernamental se redujo de 2.4 a 0.3% y la construcción privada pasó de 2.9% en el primer semestre de 2012 a -1.7% en el mismo lapso de este año debido al cambio de la política de vivienda. El cuarto factor de la recesión económica—ni imputable al gobierno— fue la desaceleración de la economía de EU, que provocó que las exportaciones se redujeran de 4.2 a 0.9% entre 2012 y 2013.

En materia de seguridad, la nueva estrategia del gobierno tiene como principales características una mayor coordinación entre
instancias de gobierno, un replanteamiento de la relación de cooperación con Estados Unidos; comunicación social gubernamental de perfil bajo y una política de prevención más ambiciosa. Pues poco han podido esos cambios frente al poderío de las organizaciones criminales; la complejidad y profundidad de los conflictos entre ellas; el entreveramiento entre criminales, grupos sociales, intereses económicos y redes políticas y policiacas de protección (Michoacán y Tamaulipas, por ejemplo) y la conversión acelerada de antiguas organizaciones de narcotráfico en bandas de extorsionadores y secuestradores en extensas zonas del territorio nacional.  En pocas palabras, la “estrategia” se ha quedado muy corta frente a la dimensión y complejidad del problema.

Si 2013 ha sido difícil, 2014 será mucho más complejo y la experiencia de gobierno será puesta a prueba con mayor rigor con la instrumentación de las reformas aprobadas. La resistencia de la CNTE ya demostró ver que no todo se resuelve al viejo estilo. El país cambió mucho en los 12 años que el PRI estuvo fuera de Los Pinos: los problemas son diferentes y la sociedad es mucho más exigente. Las glorias pasadas no servirán de mucho. Es posible y quizá necesario un ajuste del gabinete, pero no solo es cuestión de cuadros. También es de actitud.