Doble mirada

2014. Ideas sobre la descomposición política

Independientemente de cómo y cuándo termine el proceso, este cambio de ánimo y de perspectivas debe ser motivo de reflexión sobre las múltiples lógicas que mueven a nuestra clase.

Repasemos algunos hechos para poder plantear el problema. 2013, el año del Pacto, sorprendió a propios y extraños. Reformas de largo alcance como nadie imaginaba: evaluación del magisterio como componente de la calidad educativa; promover la competencia en los sectores de telecomunicaciones y energía y nueva ley de competencia económica, para romper monopolios; reelección legislativa y de alcaldes; autonomía del ministerio público de la federación; transparencia obligatoria a gobiernos estatales, partidos y otros actores opacos, etcétera.

Además, ese impulso reformador puso de manifiesto que nuestra clase política era —por fin— capaz de asumir actitudes propias y básicas de cualquier democracia: visión de Estado y de largo plazo; inteligencia y olvido de revanchismos; disposición real a dialogar, a ceder, a lograr acuerdos sin maximalismos; en pocas palabras, actitud de colaboración sobre la base de que si se plantean las cosas de manera inteligente, tanto la oposición como el  gobierno ganan.

Pero no solo fue un asunto de actitudes democráticas, sino de acuerdos en temas realmente sustantivos, con un común denominador claro: mejorar el diseño institucional y fortalecer órganos reguladores del Estado, frente al crecimiento y empoderamiento de los llamados poderes fácticos. Además, se introdujeron cambios en sectores estratégicos para impulsar el crecimiento económico y el desarrollo del país: educación, energía, telecomunicaciones, sector financiero.

2014 comenzó con el mismo ánimo. Se reconocía la complejidad del proceso faltante —aprobar las leyes secundarias en el primer periodo ordinario de sesiones del Congreso—, pero el éxito alcanzado sustentaba la confianza en que antes de que terminara abril, la enorme tarea legislativa habría terminado, para dar paso a otra igualmente difícil: instrumentar las reformas.

Pues algo pasó entre enero y marzo. En escasos tres meses, sin grandes acontecimientos de por medio, se transitó del optimismo a la duda e incertidumbre; del ánimo colaborador, al desencuentro y las recriminaciones; de la congratulación por las reformas constitucionales al amago de revertirlas.

No obstante la promesa presidencial de que a principios de febrero enviaría todas las iniciativas secundarias, apenas antier mandó el paquete en materia de telecomunicaciones; de las correspondientes a energía y asuntos políticos y electorales todavía se desconoce la fecha para su presentación. Aunque aún no se ha dicho públicamente, en los pasillos del Congreso ya se habla de periodos extraordinarios e incluso de que lo energético se podría ir hasta septiembre. Para completar el cuadro pesimista, PAN y PRD se unificaron para rechazar tajantemente el contenido de las iniciativas de telecomunicaciones, calificándolas como una verdadera contrarreforma.

Independientemente de cómo y cuándo termine el proceso, este cambio de ánimo y de perspectivas debe ser motivo de reflexión sobre las múltiples lógicas que mueven a nuestra clase política y revelan la fragilidad de lo que parecía un avance sólido en el modo de funcionar de nuestra democracia. Dos ideas al respecto.

Primera, el poder corrosivo de la corrupción y de la inevitable sospecha de su uso político. El caso Oceanografía, la denuncia de un sistema de moches para asignar recursos presupuestales a municipios y la danza de acusaciones con motivo de la Línea 12 del Metro reinstalan con una facilidad asombrosa la lógica del pleito, el golpe bajo, la desconfianza, el revanchismo. El problema es que en este tema, a pesar de que nadie está libre de culpa, todos lanzan la primera piedra con singular entusiasmo. Preguntas: ¿quién amarra a los rijosos? ¿Se pueden amarrar? ¿Quién coordina los tiempos?

Segunda. Las instituciones del Estado podrán fortalecerse, pero los intereses particulares de los actores políticos necesitan de los poderosos a los que quieren contener. Cuando menos esa es la historia que comienzan a platicar sobre el tema de las telecomunicaciones. La adicción a la pantalla televisiva parece ser peor que la de la heroína. Pero por desgracia quien muere de sobredosis no son los personajes adictos, sino la democracia y la confianza en los políticos. Este asunto de la debilidad frente a los poderosos da para mucho más. Ya veremos.