Doble mirada

Distribuir, el siguiente paso

El tema del debate en el futuro debe ser la distribución de la riqueza: ¿cómo se gestiona una economía de mercado globalizada para que resulte en una sociedad menos pobre y desigual? Este debe ser el siguiente paso.

Mientras en México haya tanta pobreza y desigualdad no habrá manera de impedir que el principal criterio para evaluar las obras de los gobiernos sea la reducción de esos dos trágicos fenómenos. Aunque los factores que inciden sobre su incremento o disminución rebasan a los gobiernos y tienen que ver más con los modelos de economía, de desarrollo y de sociedad, éstos tienen maneras de incidir, al menos parcialmente, en dos variables muy importantes: el crecimiento económico, es decir en la cantidad de riqueza que se genera, y en la redistribución de ingresos vía las políticas fiscal y de gasto público.

Con las reformas estructurales ya aprobadas, especialmente las económicas (energía, telecomunicaciones, financiera, de competencia) se terminó el pretexto por excelencia utilizado durante los últimos 20 años para explicar el crecimiento mediocre de la economía mexicana desde la década de los 90. En los próximos diez años muchas empresas nacionales y extranjeras invertirán enormes cantidades de dinero en México. Se calcula que las inversiones en energía y telecomunicaciones pudieran representar 1.5 puntos adicionales de PIB cada año. Es decir, que si el promedio de crecimiento de las últimas dos décadas ha sido 2.5%, a partir de 2016 o 2017 creceríamos a una tasa de 4%. Aunque insuficiente todavía, es mejor que el crecimiento inercial que se ha tenido sin las reformas.

Así, el gobierno en sentido amplio (incluido el Congreso) ha hecho parte de su tarea: crear condiciones para generar más bienes y servicios para los mexicanos. No es menor ese logro, pero insuficiente. Al producir más riqueza potencialmente hay más probabilidades de reducir la pobreza, pero también para que se incrementen las desigualdades.  ¿Qué hacer para que el impulso reformador no se quede en la creación de mayor riqueza sin importar quién se la apropia? Porque no basta crecer, es necesario distribuir. Y aquí está el núcleo del debate sobre la reforma energética.

Por un lado, la izquierda asegura que liberalizar el sector energético profundizará un modelo económico que solo produce mayores desigualdades sociales y sometimiento del Estado a los grandes capitales. Auguran un enriquecimiento sin límites de las empresas extranjeras que participen en el sector, mientras que la pobreza de la población se mantendrá o crecerá. El problema de los críticos es que no presentaron ninguna alternativa viable. Limpiar y fortalecer a Pemex es insuficiente. La historia de las renovaciones de las empresas estatales ya las conocemos.

Quienes defienden la reforma aseguran que el modelo estatista y monopólico del sector energético es ineficiente, corrupto y obsoleto. Además, sostienen que sin la apertura al sector privado, dadas las tendencias actuales de la producción, en pocos años ya no garantizaría el abasto de energéticos de manera interna, lo que obligaría al país a importar petróleo (desde años México ya importa gas y gasolinas). Argumentan la necesidad de seguir produciendo energéticos para garantizar la viabilidad de la economía (impedir una catástrofe) e impulsar un mayor crecimiento económico, pero poco dicen sobre cómo se piensa socializar la riqueza. Los impulsores de la reforma tampoco han convencido de una instrumentación limpia de corrupción, pues ésta permitiría a los actores poderosos (empresas privadas, sindicato, funcionarios, políticos) apropiarse de la mayor parte de la riqueza producida. Esa historia también ya la conocemos.

Hay otro aspecto de la reforma vinculado directamente con el tema distributivo de la riqueza, que prácticamente no se ha discutido. Se trata del monto, destino, control, transparencia y fiscalización de los recursos que aporte la reforma energética al Fondo Mexicano del Petróleo, donde se guardarán las utilidades —las que genere Pemex y las que van a aportar las empresas— que en teoría son de los mexicanos. ¿Quién va a decidir en qué, cómo y cuándo se usa ese dinero?

El tema del debate en el futuro debe ser la distribución de la riqueza: ¿cómo el Estado y la sociedad le ponen límites al capitalismo salvaje? ¿Cómo se gestiona una economía de mercado globalizada para que resulte en una sociedad menos pobre y desigual? Este debe ser el siguiente paso.