Doble mirada

Democracia y desfiguros políticos

La política en nuestro país se caracteriza en buena medida por una larga relación de desfiguros, tragedias y pleitos alrededor de los mismos temas: el control de los partidos; disputas por partidas presupuestales; la defensa de pequeños y grandes privilegios cada vez más indefendibles; elecciones con las peores prácticas. Tal y como ha sido desde hace muchos años, con el agravante de que la reedición de esos ya muy antiguos vicios ahora les añade un cinismo que provoca una sensación mayúscula de impotencia y hartazgo.

Desde mi punto de vista el mejor ejemplo de la peor política es la CNTE. Primera razón: abandonó sus objetivos originales de lucha —la democracia sindical, un proyecto educativo alternativo— y los cambió por la defensa de un statu quo terriblemente retrógrado: mantener la privatización de los recursos y servicios educativos en Oaxaca. Ahora son dueños de plazas, escuelas, puestos administrativos, normales, presupuesto etcétera. Segunda razón: practican con un cinismo la máxima de que el fin justifica los medios. No tienen ningún límite: lo mismo hacen huelgas, que se apoderan de la Ciudad de México o participan en secuestros. Todo se vale.

Tercero, las consecuencias de su acción política son terribles para el país, la educación, la democracia: mantienen a más de un millón de niños condenados al peor servicio educativo del país; provocan la quiebra de cientos de negocios y desquician la vida cotidiana de los capitalinos por meses. ¿Algún síntoma de arrepentimiento, una disculpa a los niños, a los empresarios quebrados y a los trabajadores desempleados? Al contrario. Regresan a Oaxaca y golpean a maestros de la sección 59 e incluso a los padres de familia, para retomar por la fuerza las escuelas que optaron por funcionar contra su voluntad.

Así, la CNTE se ha vuelto lo peor de la política por el tipo de objetivos que persigue, por la absoluta carencia de valores democráticos en sus luchas, incluido el desprecio hacia la sociedad y la legalidad; por el cinismo con que ha desvirtuado y dañado a la izquierda y por representar el peor peligro para la reforma educativa.

Pero la desgracia política se profundiza con la actuación de quienes desde la política formal permiten, solapan y perpetúan esa manera de hacer política. Con el argumento de que en estos casos solo existe un falso dilema —reprimir o dialogar— las autoridades federales y los gobiernos del DF y de Oaxaca han cedido al chantaje y permitido los
abusos de la CNTE y, lo peor, les han otorgado impunidad. Defiendo el diálogo como primer y principal recurso de la política, pero también creo que el marco y el límite de toda negociación es la ley. Y nuestros negociadores se la han pasado por el arco del triunfo.

Javier Cercas, escritor español, lo dijo de manera impecable hace un par de meses en la revista El País Semanal: “En democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente. Yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme. Yo no tengo derecho a decidir si pago impuestos o no: tengo que pagarlos. ¿Significa esto que en democracia no es posible decidir? No: significa que, aunque decidimos a menudo (en elecciones municipales y estatales), la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría”. La nueva legislación educativa no puede estar a discusión entre la CNTE, Gobernación y Gabino Cué.

Si revisamos los principales desfiguros de otros actores políticos —las trapacerías electorales de muchos gobernadores; el pago de “diezmos” no solo por parte de los legisladores en las negociaciones presupuestales; la “cercanía” de autoridades locales con el crimen organizado en Michoacán y muchas otras entidades— nos daremos cuenta de que el denominador común es la omisión en la aplicación de la ley y el desprecio de las instituciones.

Estas reflexiones, a propósito de que México es el segundo país latinoamericano peor evaluado en términos de desempeño de la democracia. ¿Puede algún político llamarse a sorpresa o rasgarse las vestiduras?

PD: Este jueves 21, a las 19:00, presento, junto con Ricardo Raphael, Eduardo Guerrero y Alejandro Hope, mi libro Historia del narcotráfico en México, de Editorial Aguilar. La cita es en el Centro Cultural Elena Garro en Coyoacán.