Doble mirada

¿Adónde nos llevan?

Ya sea por una democracia débil o en peligro de regresión o por gobiernos semiparalizados por la desconfianza, los ciudadanos dejan de creer en la posibilidad de cambiar las cosas por vías institucionales. Perdida la esperanza, las profecías negativas se hacen realidad.

Desde diciembre pasado, el análisis de la gobernabilidad hecho por GEA (puede consultarse en: http://structura.com.mx/gea) señaló que la crisis política tiene tres caras relacionadas entre sí: la de las instituciones de seguridad y justicia; la de liderazgo y conducción política, y la de credibilidad/legitimidad de las instituciones que soportan la democracia. De ellas, la menos visible, pero más grave es la última, pues al ensanchar la distancia entre ciudadanos e instituciones políticas ha puesto en duda la utilidad de la democracia para generar gobiernos representativos de los intereses de la sociedad y eficaces en la solución de problemas.

La escasa credibilidad/legitimidad de los partidos, policías, gobiernos, juzgados, Ejército, etcétera, y la insatisfacción con la democracia en general, producen dos fenómenos, casi intangibles, que suelen ser muy dañinos para la gobernanza. El primero es el cuestionamiento de que los procesos electorales y la sustitución de autoridades son un factor de cambio. Para qué ir a votar si todos los gobiernos son igual de ineficaces y corruptos; si una vez que son electos, gobiernan y legislan para sus intereses.

Las consecuencias de este fenómeno son niveles elevados y crecientes de abstencionismo o el surgimiento de opciones populistas de derecha o izquierda (Chávez en Venezuela; antes Fujimori en Perú). Salidas falsas y trágicas, conducidas por gobiernos que luego se vuelven contra las instituciones democráticas: cancelación de la independencia de los poderes y de libertades, control de los medios, quiebra de las finanzas públicas, etcétera.

El segundo fenómeno es el deterioro de las capacidades de gobierno. La credibilidad y, por tanto, el respaldo social, a las políticas públicas se reducen considerablemente y obligan a los gobernantes a tener que hacer grandes esfuerzos para que avancen sus proyectos y acciones de gobierno. No se paralizan los gobiernos, pero todo se vuelve lento y tortuoso.

Dos ejemplos. Uno. La escasa credibilidad de las investigaciones de la PGR sobre Ayotzinapa se ha traducido en la perpetuación del movimiento de los padres de los jóvenes asesinados y en la imposibilidad de cerrar políticamente el caso. Dos. El escepticismo —que va desde la burla hasta la indignación— sobre la investigación de conflicto de intereses ordenada por el presidente Peña a su amigo y colaborador Virgilio Andrade no solucionará el problema de las sospechas de corrupción (ahí viene el caso Murat); incluso puede agravar la desconfianza e incredulidad. Otra oportunidad perdida.

Así, ya sea por una democracia débil o en peligro de regresión o por gobiernos semiparalizados por la desconfianza, el caso es que los ciudadanos dejan de creer en la posibilidad de cambiar las cosas por vías institucionales; no ven de dónde o quiénes puedan impulsar los cambios, si todos son parte del problema y a nadie le creen. Perdida la esperanza, las profecías negativas se hacen realidad.

En estos días, hay dos temas para comenzar a atajar la crisis de credibilidad: el sistema anticorrupción y la ley de la transparencia. Sobre esta última ya hay alerta acerca de las intenciones regresivas del gobierno; si el Congreso cede y aprueba iniciativas inofensivas (peor aún, si son regresivas) o no saca nada por las resistencias del partido oficial, el país entrará, después de junio, a terrenos muy peligrosos. Las crisis no tienen fondo.