Entre pares

'La tristeza no tiene sonido' II / III

A partir del bloqueo, primero, y luego del colapso del socialismo, fue tarea cuesta arriba casi sin medios para llevarla a cabo.

Pocas revoluciones han capturado el imaginario colectivo mundial como lo hizo la cubana. Sagas y tramas que hubieran eludido al novelista más imaginativo: terminar estudios de abogacía, liderar un asalto a un cuartel batistiano, fracasar, ser aprehendido y salir liberado por presión popular, caer preso en las celdas de Gutiérrez Barrios en México, topar en la capital mexicana con el Che Guevara y Camilo Cienfuegos, contrabandear armas, embarcarse rumbo a Cuba en yate precario que casi naufraga, sobrevivir, y luego de enésimas batallas guerrilleras triunfar desde la Sierra del Escambray en apenas 25 meses de lucha. Jovencísimos. De escasos treinta años todos. Con el futuro por delante y el delirio popular de cientos de miles en las plazas.

Y apenas todo comienza. Vendrían los más de 600 atentados fraguados desde la CIA, la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles, el bloqueo yanqui, la obligada relación con la URSS, pesado pulmón artificial a lo largo de tres décadas, tan indispensable que aún 26 años después las cenizas de Fidel viajan en armón militar anclado a una reliquia, un jeep Was de fabricación soviética que a las primeras resiente salir del garaje y debe ser empujado (bizarra metáfora del bloqueo pues nada en Cuba tiene refacción); sobrevivir al "periodo especial" y todavía desarrollar solidaridad internacional con las luchas de otros pueblos, aprehender el poder, la economía y la producción en un país que hasta entonces sólo había sido patio de recreo de la mafia norteamericana y mono exportador de azúcar.

Aparte de embelesar con sus playas, su música y la belleza de sus mujeres, Cuba fuera de su azúcar y sus habanos no sabía hacer nada frente al enemigo más poderoso de la Tierra. Hacer una revolución es relativamente fácil, lo difícil sería transformar a la sociedad. A partir del bloqueo, primero, y luego del colapso del socialismo, fue tarea cuesta arriba casi sin medios para llevarla a cabo.

"Los cubanos –diría el Nobel García Márquez– tuvieron que inventar la vida desde el principio, desarrollaron una tecnología de la necesidad y una economía de la escasez, toda una cultura de la soledad". Pero además, escindidos por la fuga masiva de su burguesía que nunca quiso ser parte de la Historia. Entre las muchas dicotomías del proceso, la revolución cubana nace en medio de la Guerra Fría: una cicatriz supurante desde antes de la Segunda Guerra y más bélica y virulenta que el conflicto armado. En México se viviría como la cruzada ideológica que es: "Cristianismo sí, comunismo no", maximalismo excluyente si lo hay. Casi desde el arranque, el sambenito de comunistas o marxistas leninistas si se prefiere, estigmatiza a la revolución cubana que se declara socialista, pero sin el anatema. Sin embargo, se juzga al socialismo desde el capitalismo como si éste fuera el desiderátum de todas las virtudes y libertades humanas.

Generaciones enteras abrevarán de esta fobia recalcitrante. Y la reproducirán. A veces ya sólo a falta de algo más en qué perder el tiempo. El precandidato mexicano López Obrador al fallecimiento de Fidel elogia su hazaña mayor: mantener la soberanía isleña. Pero desde la tribuna editorial se escalda Aguilar Camín, un beneficiario del salinismo neoliberal que furibundo revive al Santo Oficio: "Qué es lo que piensa AMLO copiar de su admirado Comandante: ¿El antiyanquismo hasta el aislamiento? ¿La estatización de la economía? ¿La dictadura y el régimen de partido único...? ¿El culto a la personalidad? ¿La perpetuación en el poder? Lo anterior no obstante que el propio inquisidor confiesa en su arrebato solipsista que "nada de esto aparece insinuado siquiera en los 50 lineamientos para un proyecto Alternativo de Nación" del lopezobradoreño, lo que no inhibe su diatriba especulativa sólo porque AMLO reconoce lo innegable: que Castro supo mantener soberana a Cuba (algo que los últimos seis presidentes mexicanos y sus corifeos no podrían presumir).

De cuando en cuando sin embargo, estas anteojeras ideológicas son contestadas desde el mismo imperio capitalista. Ramsey Clark, quien fuera procurador general en EU, diría que "el gobierno de Fidel Castro ha mostrado al mundo, agobiado por millones de personas en la pobreza, que es posible que un país muy pobre, saliendo de las enfermedades y la ignorancia, corrupción y miseria del régimen de Batista, en pocos años educó a todos sus niños, creó un sistema de educación que abarca a toda la sociedad, abolió el analfabetismo y lo exportó a otros países para ayudarles a leer y escribir, crecer y conocer".

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