Entre pares

“La tristeza no tiene sonido” I/III

Vale en estos días consternados pedir a la poesía prestada la frase de una joven cubana que deambula por las calles de La Habana Vieja, sumidas en silencio luctuoso. Su lamento toca fibras por fortuna todavía sensibles del que escribe, las que en varias épocas de su vida vibraron con visiones de mundos nuevos que eras distintas parían en el horizonte a multitudes de todas las edades con música, objetivos y emoción social. Algo que con nostalgia profunda se puede afirmar que en la era contemporánea los hijos treintañeros no han vivido y es remoto lo lleguen a experimentar.

Lo escucho por primera vez en la niñez. Su voz surge entrecortada por entre la ruidosa estática del aparato paterno de onda corta. No recuerdo el parlamento pero mi padre, ferviente radioaficionado, traducía del chisporroteo radioeléctrico lo captable: “Vamos al borde de la guerra nuclear, está enfrentando a los gringos”. Misiles en buques soviéticos venían en camino y la cuarentena de Kennedy los esperaba. Con la Historia en vilo el ambiente de angustia en la sala familiar se podía cortar con un cuchillo. Por un par de días, cada que salía de la escuela volteaba al cielo para saber si seguía en su lugar. “Será una inmensa bola de fuego negro, naranja y amarillo que nos consumirá en segundos”, advertían en la calle.

Uno nunca sabrá cuántos millones en el planeta vibramos al unísono con Fidel, estuviéramos en la latitud que fuera. El que escribe topa en La Jornada con esto de Heriberto Galindo Quiñones: “Escuché por primera vez al comandante Fidel Castro sintonizando Radio Habana Cuba en un aparato de onda corta a la edad de diez años en Guamúchil, Sinaloa. Él estaba en Playa Girón dirigiendo los combates contra la invasión de Bahía de Cochinos patrocinada por EU”. ¿Cuáles son las probabilidades de que cincuenta años más tarde venga a enterarse uno que un ex embajador de México en Cuba tiene un recuerdo en extremo parecido al de nuestra infancia y que ambos nos aprestemos a publicarlo a poco de la muerte de Fidel? Habla la ex integrante de los Black Panthers, Angela Davis: “El líder de uno de los países más pequeños de la historia conformó el destino de millones de personas en todo el mundo”.

Escuchado pero nunca visto en vivo, la iconografía del líder de la revolución cubana es sin embargo acervo profesional y emotivo de este reportero. En el baño de la casa familiar se apilaban en convivencia pluricultural tanto los Reader’s Digest como los ejemplares de Time, Life en español y Señal. Horas de embelesamiento frente a la foto del guajiro montado en lo más alto de una farola a la entrada victoriosa de los barbudos a La Habana, o el milagro de la paloma posada en el hombro de Fidel, o la mundialmente icónica foto de Korda al Che mirando no al horizonte como se piensa, sino al incendio del buque belga La Coubre, que bajo sabotaje de la CIA había explotado en el muelle habanero matando e hiriendo a cientos de inocentes. O las de Fidel en Nueva York entre policías neoyorquinos sonrientes, hoy impensables si no fuera por el eco de algún cinenoticiario olvidado: “…apretujado por el entusiasmo de miles y miles de personas entra en la estación Pennsylvania de Nueva York un joven abogado, alto y barbudo, que sabe hablar un idioma sencillo y valiente y que viste el uniforme de Comandante del Ejército Revolucionario de Cuba”.

“No vine por asistencia económica”, dirá a los norteamericanos en esos días triunfales, apoteósicos. “Somos gente pobre en un país rico, queremos trabajar en nuestro país rico”. Tal vez por eso Eisenhower se rehúsa a recibirlo. En su lugar lo atiende el vicepresidente Nixon, macartista y anticomunista visceral, quien redacta un informe secreto: “Fidel Castro es un comunista al que hay que derribar”. La suerte está echada.

Antecedente del envilecido y vergonzoso “comes y te vas” foxiano, el hotel Shelbourne donde se hospeda lo desaloja temeroso de una mala publicidad. Pero desde el Harlem, el propietario negro del hotel Therese, le ofrece y gratis sus instalaciones a él y a su comitiva. Hasta ahí llegan a saludarlo Nehru, de la India; Nassar, de Egipto; Malcom-X, de EU; y Nikita Kruschev, de la URSS, entre otros. Este último responderá a la prensa insidiosa: “No sé si Fidel sea comunista, pero sí sé que yo soy fidelista”.

gcolin@mail.com