Entre pares

Los socios felices

No que “soberanía” era mala palabra, tabú obsoleto, en el diccionario del mundo globalizado?

En inusual lenguaje, distante del formal discurso diplomático, EU y Canadá por boca de sus máximos representantes se declaran “felices” por una reforma energética mexicana: “histórica, increíble, ambiciosa, un gran salto”…

Si alguna duda quedara en algún espectador respecto de a dónde iría a parar la entrega implícita de los recursos energéticos de México merced a tal vanagloriada reforma, bastaría mirar con azoro la “felicidad” manifiesta, si no en el rostro, si en las declaraciones de las contrapartes estadounidenses y canadienses que se dan cita en Toluca.

Es obvio que las potencias mundiales que así se expresan, lo hacen por ver sus intereses beneficiados en grado sumo. No lo hacen por benévolo beneplácito con el país que miran al sur.

No se trata tampoco de una mirada maniquea. Están “felices” porque indudablemente la reforma energética los beneficia a ellos en primer grado. ¿Qué tanto más México puede salir ganador? Es dudoso un tanto que más que ellos o no estarían de plácemes.

Que se trata solamente de intereses geopolíticos no cabe duda. No son buenos deseos de altruismo puro. Basta leer ayer mismo la negativa, casi insolente, de Canadá a revisar su política de visados con México, no obstante el pedido presidencial mexicano a hacerlo.

Con sencillez draconiana, que México y sus lacayos modernizadores jamás se atreverían a desplegar, el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, como quien se quita de encima una pelusilla, se quitó de encima la solicitud mexicana: “Es una decisión soberana” (o sea mind your own bussiness). Sopas y punto.

Pero todavía se dio el lujo de instruir a los mexicanos: “Siempre estaremos listos (…) para lo que México puede hacer para atender algunos de esos temas”. México por su parte entendió y no tuvo más que hacer una genuflexión sobrada de cortesía diplomática: “Quiero reconocer al señor primer ministro la disposición para que sigamos dialogando y encontrando la fórmula y los mecanismos que nos permitan en un futuro próximo, eliminar las visas que se han impuesto a visitantes mexicanos hacia Canadá”. Optimismo de más cuando ya se le dijo a México en una palabra: “Es una decisión soberana”.

Y ¿qué es entonces de los jilguerillos nacionales que ante sus requerimientos de ponernos de rodillas en todo y por todo, esgrimen los manidos argumentos de “modernidad” y “competitividad”? ¿Por qué Canadá no los sigue cuando le conviene y por el contrario invoca su soberanía? ¿No que “soberanía” era mala palabra, tabú obsoleto, en el diccionario del mundo globalizado?

Por parte de EU no podíamos estar en peores condiciones. El TLC más allá de la propaganda oficial no ha rendido los frutos esperados, ni siquiera una brizna de los prometidos.

Y la reforma migratoria que no llega lleva años entrampada en un Congreso que al mismo tiempo voltea la mirada para otra parte ante los crecientes fenómenos de militarización de la frontera que cobra víctimas de migrantes mexicanos, asesinados a mansalva por la Patrulla Fronteriza en sus intentos por pasar de un país que les niega oportunidades a otro que supuestamente las ofrece pero en la realidad las niega.

Igual podría decirse del tema de control fronterizo de armas, del cual México tendría mucho que reclamar a EU por la costosísima cuota que paga en vida de sus connacionales que se ven a merced del incesante tráfico de armas de fuego, cuyo destino es en su mayor parte para consumo de los cárteles de la droga, que en la “lógica” enloquecida de las estrategias antidrogas, se combaten dotando de armas y municiones a los mismos que se quiere acabar.

La llamada Cumbre México-EU-Canadá tiene en la forma de verificarse (con el centro sitiado de la capital del Estado de México) y en los temas ausentes (con los referentes negados que se han expuesto), la mejor manera de ilustrar disparidades y desengaños en las relaciones de esos países con el nuestro.

gcolin@mail.com