Entre pares

¿La renuncia de Peña Nieto?

Ante la crisis, el gobierno de Peña Nieto se aprecia paralizado y él mismo  con voz menguada...

Maleficio de periodos sexenales con sagas en apariencia exitosas pero de pronto desplomadas a su suerte por falta de sustento propio, la presidencia de Peña Nieto se encuentra en una grave crisis de Estado. Apenas transcurrido un par de meses desde su cénit mediático (o al menos así contemplado en Los Pinos), la propaganda de su administración situaba a México en movimiento hacia un futuro promisorio.

¿Por qué entonces la tan celebrada epifanía de EPN entró en barrena con un descrédito mayúsculo nacional e internacional al grado de que en redes sociales es clamor pedir su renuncia y desde comediantes hasta periodistas hacen eco a la moción?

Hasta hace poco la presidencia de Peña Nieto alardeaba como parteaguas de la vida nacional unas reformas vendidas cuasi milagrosas, impulsadas bajo un criticado pacto paralegal con cúpulas partidistas cooptadas de diversos modos y no amparadas en la dignidad de los debates legislativos.

Marcadas con ese demérito histórico llegaron al Congreso iniciativas transformadoras de la identidad constitucional de México. Sin reparar en formas se hicieron acompañar de dictámenes planchados, elaborados desde la oficina jurídica de la Presidencia para transitar por los Plenos en fast track sin lugar a la discusión democrática.

Todo afán fue poco por desescriturar a la nación el petróleo, el gas y la electricidad. En el paquete, una reforma fiscal recaudatoria abultó las arcas del erario sin precedente, pero sumió gran parte del país en la recesión. Más atrás una reforma educativa sólo limitó derechos laborales del magisterio, pero dejó intocado el meollo del proceso de enseñanza-aprendizaje. Y tiempo anterior una reforma financiera criminalizó las deudas e hizo expedito cobrarlas hasta a familiares del deudor. Amén de la reforma a las telecomunicaciones que refrendó duopolios y privilegios.

Puesta la mesa, los jilgueros publicitarios festinaban en plazos que fueron extendiendo hasta el 2050 (como José Ángel Gurría, secretario de la OCDE), que México experimentaría crecimientos inusitados gracias al revés antihistórico a la expropiación. Ahora el petróleo mexicano puede contabilizarse de nuevo como activo de las trasnacionales (algo que Zedillo –neoliberal y tecnócrata de pura cepa–, a confesión propia, ni en sus más salvajes sueños hubiera imaginado que ocurriría). De ese tamaño la subasta de la Patria.

No era un sueño ciertamente aunque la ecuación no cuadrara: ¿cómo es mejor compartir la renta petrolera, que aprovecharla íntegra de manera soberana?, preguntó el país entero. A quienes se opusieron –y fueron legiones–, la Suprema Corte de Justicia en colofón jurídico de consigna acaba de desdeñar la firma de millones de mexicanos que pedían ser consultados en forma pública y vinculante sobre el tema. Justo al cierre jurídico de esta disputa por la nación estallaron los escándalos de las ejecuciones extrajudiciales en Tlataya y Ayotzinapa en el contexto de una densa saga de narcopolítica, que pusieron al Gobierno Federal al borde de una crisis de gobernabilidad.

El punto de inflexión en la narrativa triunfalista del sexenio peñanietista fue su error en no enfrentar evidencias de una violencia de Estado en el “proceso sistemático de aniquilación y desaparición de personas perpetrado por bandas criminales y distintos órganos de gobierno”.

Las veintidós personas masacradas por el Ejército en una bodega en Tlataya, Estado de México, fingiendo un enfrentamiento, han propiciado a Peña Nieto y a las fuerzas armadas un descrédito mayúsculo.

La subsecuente agresión a los desaparecidos normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, ordenada por el recién aprehendido alcalde de Iguala a manos de policías municipales en contubernio con el narco, con la Policía Federal y hasta con elementos del 27 Batallón de Infantería, con saldo de siete jóvenes muertos (entre ellos uno desollado vivo) y 43 estudiantes desaparecidos, derramó el vaso de la indignación social en todo el país que se moviliza a la calle para protestar: “Fue el Estado”. Ante la crisis, el gobierno de Peña Nieto se aprecia paralizado y él mismo con voz menguada reproduce un discurso de medias tintas, contradicciones y promesas cuya meta se alarga y parece llamarse: largo plazo u olvido.

gcolin@mail.com