Entre pares

¿Dónde quedó el sacrificado y honesto gobierno ciudadano?

Los más recientes escándalos ocurridos al interior de la administración del gobernador de NL, Jaime Rodríguez, (el cobijagate, la duplicidad de sueldos y el nepotismo de algunos de sus altos funcionarios) ponen en evidencia que la extirpación pregonada de corruptelas en su Gobierno no pasó de ser una alharaca electoral sin mayor trascendencia que el engaño a cambio del voto. Igual de falsa que la promesa de ir tras la corrupción medinista que ahora se reproduce en su seno, corregida y aumentada.

Lo acaecido derrumba el principal mito de su Gobierno. La falacia de que los ciudadanos por sólo serlo, no roban o no incurren en corruptelas cuando ocupan puestos en el Gobierno, y en cambio los políticos sí. Para quienes creyeron lo contrario y depositaron su fe en El Bronco, estos hechos están demostrando lo contrario. Todo indica a la vez, que el mismo gobernador lo más probable es que desaprovechará esta oportunidad de cesar ipso facto a los responsables.

Al margen de la muy discutible frontera entre quién es político y quién no, o en qué momento se es un político partidista, queda claro que no se trata solamente de un sector de población que es corrupto por sí mismo y que el resto es sociedad civil impoluta también por sólo serlo. En ese falso juego maniqueo se elude que no existe un sector de población que se denomina los políticos, el cual en exclusiva tendría de nacimiento la tara de robar y especular con el erario. Por el contrario en esa corrupción social están también inmersos absolutamente todos los ciudadanos (por comisión u omisión).

La presunción de, o la propensión a la presunta corrupción (pública o privada) es un fenómeno de tan grandes magnitudes en NL (y en el país en general) que lo mismo atrapa a una prestigiada y económicamente afluente investigadora universitaria en su posición de secretaria de Educación que a otra de Desarrollo Social, que a otros funcionarios de primer nivel (como al subsecretario de Administración) de un régimen que se vocea honesto, ciudadano y antipartidista porque ha inducido a la raza a suponer que ahí, en los partidos, está la ubre del mal.

Y no, no es así. Ni Esthela Gutiérrez (en Educación) ni Luz Natalia Berrún (en Desarrollo Social) pertenecen a partido alguno. Son personas maduras, preparadas, reconocidas, solventes. Son funcionarias ciudadanas de primerísimo orden en un Gobierno que se comprometió con la honestidad. ¿Por qué entonces ambas se aferran (con la complicidad punible de la UANL por desviarles recursos de la noble tarea de educar) a dobletear sus sueldos gubernamentales con sus anteriores nóminas universitarias para llegar a acumular casi 200 mil pesos mensuales?

¿O cómo el subsecretario Rogelio Benavides, antes de irse a celebrar la Navidad celosísimo de su deber, licita en pleno 24 de diciembre pasado cobijas (que luego distribuye libremente sin padrón alguno al margen de la ley y del sentido común), al triple de su precio a un proveedor sin domicilio social reconocido, que ya había sido protagonista de un tamalgate en Cadereyta y uno de cuyos socios es de oficio soldador?

No. La corrupción no es privativa de los políticos profesionales. Nada más lejos de la realidad. Eso que la sociedad observa en la inmensa mayoría de los políticos no es más que un pálido reflejo de sí misma. La dolorosa verdad es que la sociedad civil está tan enferma y anémica de probidad que produce recurrentemente bribones que la gobiernan por no otra razón más que porque pululan en su seno donde hay una crisis de formación y de educación de los futuros ciudadanos.

Ha sido tanta y tan evidente la bribonería de quienes ocupan puestos públicos que de hecho, la gente ha llegado a pensar de manera sobre simplificada, que eliminando a los políticos y a los partidos la impunidad en el país se abatiría porque sencillamente en la administración pública entonces, el cohecho, el fraude, y el esquilmo desaparecerían como por arte de magia. Y en adelante, gobiernos de funcionarios probos, viviendo en la honrosa medianía juarista, harían que el país esplendiera en honor y justicia. Pensamiento ilusorio o wishful thinking que no se colige con la realidad y sirve una vez más, para posponer el emprendimiento de lo que ya debería ser asignatura pendiente de la sociedad entera: hacer política verdadera para cambiar la política simulada, y no experimentos vudú.


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