Entre pares

Las preguntas de Cuarón

Puntual en su crítica le toma la palabra al Presidente y como su interlocutor le devuelve a la cara una irresponsabilidad manifiesta.

En lo que ha sido durante la presente administración, el esbozo más atrevido de un diálogo ciudadano con el titular del Poder Ejecutivo, el cineasta Alfonso Cuarón (Gravity) ha dirigido diez preguntas al presidente Peña Nieto, quien el pasado 28 de febrero lo aludió en una entrevista como un “desinformado” de la reforma energética.

Comprobable casi a diario en la propaganda gubernamental, para el primer priista del país los desinformados suelen ser quienes no comulgan con su actual reformismo. Se recurre a un silogismo autoritario que sobresimplifica la dialéctica y descalifica el criterio propio, la ideología y la convicción política de los ciudadanos: si algunos no coinciden con los planteamientos de su gobierno entonces se trata de “grupos en oposición a estas reformas que han generado desinformación y de ahí que algunos lleguen a comprar estos argumentos o, simplemente no conozcan el alcance y el sentido de las reformas”.

Es decir, en la versión presidencial parece que sólo hay tres clases de mexicanos. Primero, los muchos desinformados de sus reformas (un tiro en su propio pie) a los que sólo bastaría conocerlas para volverse fanáticos de ellas. Siguen aquellos otros que sin criterio propio, “compran” de grupos de oposición, argumentos ajenos (un insulto a la inteligencia personal, al libre albedrío ciudadano y a la diversidad política del país). Y, finalmente están las masas que según él lo siguen a pie juntillas. Éstas últimas pronto serán todos los ciudadanos sin excepción, el día que se informen o dejen de hacer caso a opositores. La democracia para Peña Nieto estaría así a un paso de la unanimidad social una vez que se comprendan “el alcance y el sentido de las reformas”. ¿Versión priista de la utopía goebbeliana en el siglo XXI? Información sin debate, se dice, en la que ni por asomo se examine si el gobierno pudiera estar equivocado (o rendido ante grupos de poder e intereses extranjeros).

Tomar la palabra para contestar alusiones personales es una invocación usual en la jerga parlamentaria, pero dista un buen trecho de ahí, a que un ciudadano aludido por su presidente le conteste públicamente y de paso lo emplace a contestar un cuestionario con alguna viabilidad de éxito, “cuyas respuestas podrían disipar algunas dudas sobre la reforma”.

Cuarón lo ha hecho con eficacia y sobriedad. Puntual en su crítica le toma la palabra al Presidente y como su interlocutor le devuelve a la cara una irresponsabilidad manifiesta: “Mi falta de información no es atribuible a ‘grupos en oposición’. La razón es más simple: el proceso legislativo y democrático de estas reformas fue pobre y careció de una discusión profunda y la difusión de los contenidos se dio en una campaña propagandística que evadió el debate público”.

“No estoy informado —agrega Cuarón— porque el gobierno que usted encabeza no ha compartido conmigo, —con nosotros los mexicanos— elementos indispensables para entender el alcance y el sentido de las reformas”. Ante la euforia gubernamental que celebra el reconocimiento neoliberal a las reformas, Cuarón llama a mesura: “…es natural que una reforma energética (en un país que ha tenido esos bienes nacionalizados) cause regocijo en los mercados, pero es ingenuo pensar que el fondo de este reconocimiento sea el crecimiento de nuestro país”.

Y a continuación formula diez interrogantes al primer mandatario, entre las que se cuentan temas como las medidas medioambientales ante la exploración y explotación masiva que se avecina, las medidas anticorrupción en los contratos multimillonarios, las presiones de las trasnacionales petroleras en la vida democrática del país, y de qué manera más de la mitad del presupuesto federal se va a obtener una vez que Pemex deje de proveerlo, entre varios otros.

Si las mesas de Diálogos por la Paz durante el calderonismo son un antecedente a tomar en cuenta, no hay lugar para el optimismo en este incipiente diálogo. Desde la inmediatez cibernética Peña Nieto y los secretarios de Hacienda y Energía ya pretendieron tomar el guante del afamado cineasta mexicano y respondieron inicialmente con un coctel de evasivas a dos de las preguntas formuladas por Cuarón. A la inquisitiva de cuándo bajarán los precios de la gasolina, el gas y la electricidad, se respondió sólo por lo que respecta al gas con una prórroga a los seis meses inicialmente ofrecidos. Ahora hablan hasta de un año y medio “a partir de que se aprueben las leyes secundarias” y sobre todo a partir de que “la mayor producción de gas reduzca su precio”. O sea, las mismas entelequias neoliberales que ya no se sostienen.

Por supuesto Peña Nieto guarda silencio sobre la “responsabilidad histórica” de “las reformas discrecionales y opacas de tiempos de Salinas de Gortari, buenas para las manos privadas pero dudosas para los consumidores”.

gcolin@mail.com