Entre pares

El dilema de la inseguridad

Monodependiente de la cobertura de la Marina a punto de extinguirse, Monterrey no acierta a descifrar el acertijo de la narcoviolencia que se recrudece en la zona metropolitana, muy a pesar de aquellos que —a la manera de aquel promotor turístico para quien cualquier esquina de la ciudad ya era considerada la más segura del país—, no paran de elaborar por decreto un plan empresarial para la recuperación de la “marca Monterrey”. Un obsesivo afán mercadológico que ni la millonada diaria del presupuesto estatal dedicada a la propaganda de la entidad, ha mostrado provocar en el público un ápice de credibilidad.

Más allá del wishfull thinking que tal optimismo de pensamiento comporta, es un hecho que el crimen organizado no se ha ido a otras partes, como algunos ingenuos empezaron a vocear, ni la pretendida baja porcentual de la criminalidad, que vocea el sector oficial, necesariamente se corresponde con la realidad como lo demuestra la protesta cívica de los vecinos de la colonia San Jerónimo que amenazaba con prender fuego en la pradera social.

Las respuestas en este caso bordaron lo caricaturesco cuando un sinfín de corporaciones policiales aparecieron súbitas, patrullando las calles de la afluente colonia, en afán publicitario del jefe político de cada una de ellas. Quedó claro que la influencia del sector San Jerónimo no es el de la colonia San Bernabé, la que sufre los mismos o peores males y ni quién se ocupe de ese y otros sectores marginales.

Mucho ha sido festinado el esfuerzo del Gobierno Estatal por poner en marcha, años atrás y sin dilación, la reestructuración de las fuerzas de seguridad estatal que hoy se conocen como Fuerza Civil, afán que sin embargo no ha venido acompañado en niveles municipales de emprendimientos semejantes. Y en el ámbito estatal se permanece sin mayor idea de qué hacer con ella, salvo el dolor de cabeza para ubicar partidas de dónde pagar su abultada nómina.

Pero más allá de ello, tanto en el estado como en los municipios de Nuevo León es notorio que el enfoque de ataque al crimen organizado sigue siendo reducido a la reacción represiva al crimen organizado pero sin estar imbricada dicha acción en un plan integral, comprehensivo que tome en cuenta y desarrolle estrategias sobre los distintos factores que confluyen en el fenómeno heredado a todo el país por el sexenio anterior.

El mantra que todas las autoridades repiten al unísono, como la solución a todos los males, es la coordinación. Pero a ciencia cierta las dependencias no saben en qué consiste y cada quien inventa la suya, como lo ejemplifica el dicho del responsable municipal de la seguridad pública en Monterrey quien al desglosar el concepto, en un arranque de lucidez define: “cuando necesito apoyo, tomo el teléfono y lo pido”.

A eso se reduce la mentada coordinación entre Ejército, Marina, Fuerza Civil, Policía Ministerial y policías municipales.

Otras iniciativas han corrido por cuenta de los empresarios regiomontanos, pero no han sido ni felices ni exentas algunas de responsabilidad legal; es el caso de los cuerpos paramilitares que en la conjetura se decía no hace mucho, andaban a la caza de zetas. El epítome de todo lo que se le ocurrió a la IP regiomontana fue auspiciar la presunta colusión con el alcalde de San Pedro, Mauricio Fernández, quien a la fecha no ha respondido al emplazamiento que le hiciera el periodista Raymundo Rivapalacio: ¿quiénes patrocinaron y a qué costo, su alianza con el cártel (aquel famoso grupo rudo) que vendió protección a la colonia Del Valle durante su mandato?

Fuera de esa paz comprada (a la que se aludiera en un reciente programa televisivo), con todo lo nefasta que haya sido, no se ha visto ninguna otra iniciativa y todo aparece en el sector público como un reaccionar, en el mejor de los casos, a la deriva frente a los secuestros, levantones, extorsiones y ejecuciones que un día sí y otro también, se han vuelto la norma de la vida cotidiana de Monterrey y su área metropolitana, por no decir en todo el estado de Nuevo León. Hoy como ayer, la estrategia de un plan congruente para paliar el fenómeno que tantas víctimas sigue dejando, es sencillamente inexistente.