Entre pares

¿Hacia una democracia directa?

Sólo bienvenido puede ser el conjunto de instrumentos democráticos contenido en la Ley de Participación Ciudadana de Nuevo León que luego de 12 años de deambular de manera amorfa en el ámbito legislativo, anteayer pasó la aduana del dictamen en las Comisiones de Legislación y de Gobernación del Congreso local y se esperaba que con ello la votación aprobatoria del Pleno fuera de trámite.

Este nuevo arsenal de recursos ciudadanos que incluye la revocación de mandato, la consulta ciudadana, el referéndum o plebiscito, la iniciativa popular, la audiencia pública, las contralorías sociales y el presupuesto participativo, son sin duda viejos reclamos populares sobre la necesidad de elaborar maneras más efectivas para acotar el poder y su ejercicio. Los casi derechos así alcanzados representan un avance hacia ejercicios de democracia directa que no pueden ser soslayados.

Habrá que ver aún, sin embargo, si el potencial de vigilancia, supervisión y capacidad de incidir en el derrotero de la cosa pública que en sí mismo encierran estos nuevos instrumentos de participación ciudadana no son a la postre, como suele suceder, matizados u obstaculizados en la reglamentación que le sigue a la ley para su aplicación. Por lo pronto, pintan de manera decorosa en el papel y siempre y cuando cumplan lo que ofrecen y que no es nada desdeñable: poder destituir malos gobernantes a la mitad de su gestión; votar una decisión gubernamental por referéndum o plebiscito; someter a consulta pública asuntos colectivos; poder proponer iniciativas de ley desde los ciudadanos (y no desde la ciudadanía, la que actualmente se obtiene a los 18 años y es un barbarismo usarlo como sustantivo colectivo); poder evaluar a las autoridades y fiscalizarlas en la aplicación de recursos a través de asambleas; así como elegir obras o programas con cargo al erario.

Por lo que se observa hay avances en esta legislación que junto con las candidaturas independientes podrían marcar una diferencia importante en el modo de concebir el poder y de ejercerlo en Nuevo León, a condición que estas nuevas figuras de vigilancia ciudadana fueran ejercidas con responsabilidad y lejos lo más posible de fanatismos deformadores. Pareciera que es aquí hacia donde deberían dirigirse en adelante las baterías de los luchadores sociales regiomontanos que por décadas mantuvieron y visibilizaron estas propuestas.

En efecto bastaría con tomar a Facebook como muestrario aleatorio del grado de civismo y cultura política que en general campea entre la población, para caer en la cuenta de los serios y graves déficits que arrastra consigo; por no hablar de los déficits deplorables de atención y de capacidad para expresar contenidos coherentes que gruesos sectores sociales exhiben. Los espacios mismos que dan cabida a la opinión o comentario del lector en los diarios, que en teoría deberían ser por lo menos un poco más informados, son una vitrina elocuente de vicios de lógica y de razonamiento infundado muy socorridos y difíciles de arraigar, cuando no de formas inveteradas para intolerar, insultar y descalificar de manera rutinaria la opinión ajena en detrimento del diálogo cívico.

Los impulsores de las nuevas herramientas para acotar los privilegios escandalosos en el ejercicio del poder, con todo y su potencial implícito para supervisar e incidir en la administración pública en la entidad, deberían por ello mismo promover a continuación fórmulas igualmente innovadoras para elevar la educación y la conciencia política de quienes habrán de hacer un uso más informado de dichos instrumentos en su propio beneficio.


gcolin@mail.com