Entre pares

La antiglobalización "trumpista" y el "maistro" Nuño que sí sabe “ler”

Hace unas décadas Carlos Monsiváis aseveró con humor negro que ya crecía en el país la primera generación de gringos criollos, nacidos en México, quienes desde luego hacían profesión de fe en el american way of life y rechazaban cualquier viso de nacionalismo revolucionario (que ya por entonces estaba a punto de ser enterrado por el salinismo como entelequia, hoy completamente desaparecida). Y habría que añadir que sin pudor exhibían buenas dosis de analfabetismo, no tan escondidas en sus ropajes de tecnócratas (antes gerentes o presidentes de Consejos de Administración, y hoy pretenciosos y autodenominados CEO en inglés champurrado).

Más tarde abrazaron e impulsaron sin reparos las tesis manidas de la globalización (por ejemplo la competitividad como mantra invocado para todo bien y para todo mal económico) y, como clase gobernante, sumieron al país durante décadas a una noche oscura de despojos, privatizaciones a granel, y socialización de la miseria incrementada exponencialmente. El país perdió patrimonio, subsistencia alimentaria, soberanía y se hizo dependiente de EU, altamente vulnerable a los altibajos económicos del exterior. Se quedó sin planta productiva ni política industrial propia.

Merced a las mal llamadas reformas estructurales (algunas como la energética trazadas por extranjeros como Hillary Clinton), las últimas riquezas naturales de la Nación se subastan actualmente a consorcios privados, mientras las maltrechas y exangües finanzas de Pemex ya no alcanzan a avalar el enorme peso de la deuda interna y externa.    

Así durante las últimas décadas empobreció al país una corrupta y sátrapa legión de funcionarios adeptos a una globalización que pregonaban como la Arcadia del futuro vendida como la utopía de los pueblos y sus gobiernos; sin sospechar siquiera que aquellos mismos cuyas doctrinas decían emular, un día habrían de dejarlos colgados de la brocha como está a punto de suceder.

Desde EU se hace del poder una forma de antiglobalización y por voz de su presidente electo Donald Trump anuncia que a partir de su toma de posesión para todo efecto práctico quedará encorchetado el TLC de Norteamérica. Algo que la oligarquía nacional pretende desmentir: sólo se revisará, dicen. “Analizaremos las propuestas con gran pragmatismo”, apunta el mismo presidente Peña, dejando ver la carta que se juega: adecuarse a las nuevas condiciones que le serán impuestas a México, no negociadas como pretenden hacer creer. El peligro es real y es inminente. México apostó todo a las migajas del TLC desvinculadas del desarrollo y no tiene plan B ni Pemex que le sirva.

En este contexto es apenas una paradoja dramática que el encargado de gestionar políticas de educación pública para millones de mexicanos pronuncie en público la palabra “ler” en vez de “leer”. Algo que exhibe más que una deplorable anécdota del ocupante actual del ilustre despacho de Vasconcelos, corregido por Andrea, una escolapia 40 años menor que lo escucha con pena ajena: “Señor, se dice leer, no ler”.

No fue el desliz verbal del secretario de Educación una dislalia repentina o un problema de dicción. Lo dijo en varias ocasiones micrófono en mano: “Ler”. Aunque parezca increíble, Aurelio Nuño ha debido venir pronunciando “ler” váyase a saber desde hace cuánto tiempo. Ni su paso por la universidad privada o por las más altas esferas del Gobierno mexicano le han ilustrado o servido para saber pronunciar correctamente el español:

La contradicción aflora: el arquitecto operativo de la malograda reforma educativa resulta ser un maistro que pregunta: “¿Si trajites lo que dijites en denantes?”. Más allá del merecido escarnio no sorprende entonces que la segunda fase de la pregonada reforma del sexenio vaya a tener como objetivo destruir a la universidad pública, cuyos primeros embates han hecho salir a la calle la protesta universitaria en varios estados, salvo en Nuevo León –reino de la desinformación si la hay–, donde priva en los campus de la UANL y en los despachos de su Rectoría una calma chicha, adormecedora, sin que se avizore el peligro (la nueva ley de educación superior) que se acerca ya en la Cámara de Diputados, y sobre el que esta columna habrá de ocuparse en una próxima entrega.

gcolin@mail.com