Entre pares

Zambrano y el paternalismo propietario

El presidente de Cemex sin duda tuvo dotes para llevar a una empresa de 108 años de antigüedad a dimensiones globales.

Pasará un buen tiempo antes que los ditirambos luctuosos por Lorenzo Zambrano amainen y hagan ver de manera más contrastada el legado de uno de los grandes capitanes de empresa que ha producido Monterrey.

O quizá nunca se ajuste el perfil exaltado que hoy se enuncia a su despedida, siendo tan dada como es la comunidad regiomontana a las biografías empresariales en blanco y negro sin matices; lo que a la postre las convierte en hagiografías como en el caso de Eugenio Garza Sada, no por menos antecedido en el nombre por el Don distintivo a los patrones.

Si los indicadores tipo Forbes son un parámetro, hasta cierto punto son esperables tales elegías tratándose hasta el día de su muerte de una de las 428 personas más ricas del mundo con activos valuados en 1,800 millones de dólares. Sin embargo, esos encomios de circunstancia cultivan la nota luctuosa de ocasión que no resiste mayor análisis.

Dícese del magnate que en el plano personal “destacaba” por sus múltiples facetas. Se enumera que: “coleccionaba autos antiguos, obras de arte y jugaba golf”. ¿Eso es lo que en lo personal lo hacía destacar? Parece una pobre enumeración de facetas (apenas tres). ¿Quién no puede hacerlo con mil ochocientos millones de dólares en la bolsa? Lo interesante y destacable sería conocer, cómo fue que reunió ese patrimonio en tan sólo 29 años a partir de 1985 (aparte de por haber ingresado apenas cuatro años antes a la empresa de su abuelo).

Otros, como el empresario Eugenio Clariond Reyes-Retana, enfatizan como legado del difunto regiomontano, “el cuidado del medio ambiente y el compromiso con el bienestar de la sociedad”, una frase teñida de cloroformo para el pergamino póstumo. Sin demérito del aserto, de probarse su veracidad sería meritorio de Zambrano ya que dirigía una empresa transnacional dedicada a una de las industrias más rapaces del medio ambiente y una de las más contaminantes del mundo: la producción de cemento. Y por lo que hace al compromiso social, sólo queda observar el más reciente apercibimiento fiscal que recibió su consorcio en Europa al parecer por prácticas tributarias calificadas de evasión.

Paradójicamente, apenas en un periódico de izquierda hay una anécdota contrastante sobre la clase de persona que también era Zambrano (más destacable por sí misma que su afición a las colecciones artísticas o de autos). Cuando Fox llegó al poder, al igual que hizo con Alfonso Romo y Carlos Slim, quiso imponerlo como consejero de Pemex. Zambrano habría declinado la oferta cuando supo que con ella se violaba la ley.

El presidente de Cemex sin duda tuvo dotes empresariales para llevar a una empresa familiar de 108 años de antigüedad a dimensiones globales en 102 países, pero quizá será más recordable en Monterrey por su gestión relativamente aperturista al frente del organismo directivo que gobierna al ITESM, que luego debió dejar a partir, dícese, de una pulsada de poder que perdió con José Antonio Fernández de FEMSA, a la zaga del episodio aún no resuelto de los jóvenes estudiantes del Tec, fallecidos por las balas del Ejército a las puertas de la institución.

Precisamente sobre esta vertiente de violencia que se abatió (y amenaza con proseguir) en Monterrey, se le recuerdan sus posiciones más polémicas que se le conocieron. Cultivador como todos los empresarios regios de grueso calibre, de la manipulación de los hilos del poder tras bambalinas y la suma discreción en público, Zambrano rompió la regla y lanzó al aire aquel: “Si se pierde Monterrey está perdido todo”. Aunque nunca precisó qué significaba “perder Monterrey” y quién lo perdía todo (¿el empresariado? ¿La nación?), su hipérbole sin embargo no carecía de destinatarios y de beneficiarios.

Hacía ver a la población nuevoleonesa (y de paso revelaba la discusión con otros colegas suyos de grandes ligas) que más importante que dar curso al clamor que por esas fechas pedía la destitución del gobernador Medina, estaba en juego Monterrey (cualquier cosa que eso significara en el imaginario colectivo). Y cerró la pinza de su advertencia al estilo del empresario norteño que tiene líneas esfumadas entre los que son conciudadanos y no súbditos. A estos últimos les espetó: “Regio, si a la primera dificultad huyes, no te necesitamos” (tú y quiénes más, preguntaría el pueblo que por entonces se las veía negras). En la marejada de la violencia que azotó a la entidad, Monterrey vivió un fenómeno inédito: familias regias emigraron en busca de paz social. A ellos, diciéndose avergonzado de su partida, con paternalismo autoritario los llamó “cobardes” y exacerbando el orgullo regional los exhortó a quedarse como él, en Monterrey (“yo también con sus guardaespaldas y su dinero me quedaba aquí”, dirían algunos).

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