Entre pares

Robo certificado con final encaprichado

Tras un velo de espesa hipocresía sus palabras revelan a un gobernante despechado.

Abuso de poder, prepotencia, cinismo e impunidad son rasgos distintivos pero no exclusivos que reviste el escándalo de las luminarias en el municipio de San Nicolás o desfalco en grado de tentativa al erario vía la patente de corzo en que se han convertido las licitaciones públicas.

Pensadas en principio como saludable muralla a los convenios económicos bajo cuerda entre proveedores y administradores públicos, las licitaciones hoy en día sólo son cortinas de humo de procesos documentales que amañados de mil modos, certifican la impunidad al saqueo legalizado de fondos públicos.

El catálogo de las trapacerías es inagotable. Puede ser que los requisitos sean a la medida de manera que sólo un concursante los cumpla; o si el criterio es el precio, un participante lo mantiene tan bajo que es inviable para todos los demás menos para él que gana la licitación. Una vez adjudicado el contrato solicita a la autoridad recalcular la propuesta económica por cualquier pretexto, que naturalmente se concede.

El colmo ha ido al otro extremo, como en San Nicolás: adjudicar a la vista de todo mundo los contratos de una vez con la propuesta más alta (a veces hasta por el doble o triple de valor adicional), argumentando que si bien eran las propuestas más elevadas, se consideraron “otros factores” que casualmente siempre quedan en la subjetividad nebulosa del quien los justifica.

Estos procesos tiñen la gama de corruptelas que plagan a la administración pública. Incluso ha habido alcaldes de trienios anteriores, también en San Nicolás, que se han dado el lujo de desdeñar fallos judiciales inapelables, favorables a la administración por varios cientos de millones de pesos, y han preferido pagar altísimas sumas del erario municipal como si el litigio no lo hubiera ganado el ayuntamiento, en un acto sospechosísimo tan sólo para beneficiar a un particular.

En el caso de las licitaciones los supuestos controles también son meros adornos. Demostrado en el episodio del más corrupto enclave panista nicolaíta ni siquiera se revisaron los requisitos esenciales como la personalidad acreditada, la solvencia moral del representante y el cumplir las normas básicas. Desde luego no es que falte “eficacia” a la autoridad que olvida revisarlos, como lo argumenta el munícipe Pedro Salgado de San Nicolás. Si la consigna viene de arriba: ¿qué burócrata se atreve a verificar el domicilio consignado de la razón social favorita?

El agraciado de las luminarias de oro pone de relieve otro oscuro aspecto de la putrefacta justicia mexicana: ¿cómo un preso consignado en 2010 como miembro de una banda que robó con violencia 21 vehículos de lujo con conexiones finales en el crimen organizado, puede en escasos tres años desde la libertad inexplicable ganar un contrato por 428 millones de pesos? ¿Cómo es que ni siquiera existe registro de su liberación? ¿Qué juez lo ordenó y bajo qué proceso?

La respuesta pasa por múltiples corredores del poder. Pero las huellas son obvias hasta en sus contradicciones. El alcalde Pedro Salgado derrama lágrimas melodramáticas ante la prensa que lo cuestiona. Víctima de su propio enredo recurre al capricho: ¿me cuestionan la compra de luminarias? Pues ahora quédense a oscuras: “Sé que es un servicio que la ciudad necesita, y creí que con este proyecto le iba a ayudar a mi ciudad, pero no es objeto ya de mi administración continuar”. Tras un velo de espesa hipocresía sus palabras revelan a un gobernante despechado que mira al poder como coto privado.

Presa de una inmadurez política suprema, Salgado con incoherencia infantil a propósito confunde —pues a nadie es creíble semejante ingenuidad—, el repudio social a una licitación suya que la opinión pública percibió amañada y desventajosa, con su decisión fabricada de un gobernante que despechado por incomprendido deja sin reemplazo las luminarias de San Nicolás en espera del espejo que le devuelva la imagen perdida.

Por eso ya no van las luminarias nuevas a San Nicolás. Porque ahí la administración hace cosas buenas que parecen malas. Víctima angelical de la aviesa sociedad.

gcolin@mail.com