Entre pares

Primeras infamias y deslices de la era "independiente"

Como gobernador electo Jaime Rodríguez no puede desconocer las fuerzas políticas legítimas que operan en la entidad.

El escurridizo rector de la UANL, Jesús Áncer, que volteó para otro lado cuando bajo su vista directivos universitarios degradaron la ética de la UANL y hubo una presunta malversación electoral de sus recursos, intenta aducir que es cuestión de un nuevo reglamento para salir librado del escándalo de los directores de las facultades que cohechaban alumnos con lonches, cantidades en efectivo o calificaciones aprobatorias si realizaban proselitismos a favor de la ex candidata priista a la gubernatura, Sha la lá Álvarez. Como si estas conductas sólo fueran punibles a posteriori, porque antes del reglamento anceriano no se sabía en la UANL que lo fueran. Ergo, nadie tiene culpa en lo que pasó. No había reglamento que prohibiera cohechar alumnos y estos sabían lo que hacían. Ese ha sido más o menos el argumento rectoral.

Al margen de la infamia de lucrar políticamente con el ascendiente moral de los maestros sobre sus alumnos, la UANL mostró ser funcional al corporativismo priista. Y si el gobernador electo mantiene su postura, la UANL dentro de su autonomía debería rendir cuentas cabales sobre estos hechos bochornosos que fueron del dominio público. El rector Áncer no puede aparentar un talante pretendidamente salomónico u occiso ante hechos que manchan gravemente su rectorado.

Por su parte Jaime Rodríguez, El Bronco, apenas en el arranque muestra en sí mismo algunas dificultades para mantener la congruencia ofrecida al electorado. Parte de ello tiene que ver con el aprendizaje a realizar entre otros temas, sobre el que lo lleva a Santo Domingo: la comunicación política de la que se dice experto.

No siempre. En un primer episodio, Jaime Rodríguez en los prolegómenos de la transición de una administración a otra, se entrevistó en privado con el señalado gobernador saliente Rodrigo Medina, y al salir ElBronco cometió el desliz político de afirmar que iría contra el aparato de gobierno, no contra las personas. De inmediato miles de ciudadanos por las mismas redes que lo encumbraron, entendieron de manera sospechosista que Jaime Rodríguez acotaba —quizá pactado en lo oscurito con Medina— el alcance mismo de una sus más sentidas promesas electorales: ir contra la corrupción donde la hubiera.

Y le recordaron que así como lo subieron lo podrían bajar. Tan fuerte fue el clamor ciudadano que Jaime tuvo que producir su primera respuesta cibernética para calmar a sus adherentes, en un mensaje donde el remedio fue acaso peor que la enfermedad. Dijo que los periodistas tergiversaban sus dichos, y llamó a mantenerse alejados de su “influencia”. Reveló así una veta preocupante de fundamentalismo autoritario que no se le había visto.

Tal vez la declaración del Bronco se quisiera pasar como inobjetable. Un gobernador por sí mismo no tiene facultades para irse en contra de nadie en particular, pero fue legal y políticamente incorrecta y dañina a su imagen (vea el lector la portada que provocó en la revista Proceso), habida cuenta que el gobernador tiene una Procuraduría bajo sus órdenes, la cual sí puede iniciar averiguaciones previas sobre presuntos ilícitos.

De suerte que el aserto de Rodríguez pudo haber sido parafraseado mejor de haber ofrecido auditorías a la administración saliente y de encontrar presuntas responsabilidades de servidores públicos o de particulares indicar que se daría parte a la PGJ. Así de sencillo. Además, no sería gracia alguna, sino responsabilidad de ley. El suceso recordó la pifia de los asesores de Peña Nieto en Guadalajara al inicio de su mandato, que fueron incapaces de hacerlo memorizar dos o tres títulos de libros, ante una pregunta obligada, tratándose de su primera presentación en una feria del libro. En esta ocasión, Jaime Rodríguez tampoco tuvo asesor que le recitara al oído una línea tan obvia saliendo de su encuentro con Medina.

El otro desliz igual resalta cierta crasa incomunicación política del elegido. Argumentó, echándose innecesariamente encima a los líderes políticos, que no hablaría con los partidos sino con los diputados, pues sólo estos son verdaderos representantes populares. Ciertamente lo son. Pero como gobernador electo, Jaime Rodríguez no puede desconocer las fuerzas políticas legítimas que operan en la entidad.

Pudo haber dicho El Bronco que su interlocución con los diputados buscaría restaurar su legitimidad como representantes populares sin intermediaciones o adocenamientos indignos, pero que no por ello olvidaría otros interlocutores del poder, igualmente legítimos aunque no fueran representantes electos. En estos lances preliminares, revela que le faltan asesores o le sobra soberbia. Se verá.

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