Entre pares

Multitudes regiomontanas abandonan su letargo sociopolítico

Quizá la ciudad más inédita de todas las urbes para este despliegue de hartazgo ciudadano haya sido Monterrey.

Desde un simplismo maniqueo la protesta cívica en curso en todo México, según la estrategia oficial, obedece a un intento deliberado en contra del proyecto de gobierno (que no de Nación) de Enrique Peña Nieto (privatizador y entreguista al extranjero a contracorriente de la verdadera agenda pública ciudadana).

Los manifestantes buscarían así, en la óptica miope del miedoso enojo gubernamental, “desestabilizar al país” (una versión peñanietista del añejo anticomunismo diazordaciano y sus anatemas a los subversivos, que según la mente delirante de aquel gobernante de infausta memoria, querían entregar al país al caos en 1968), como fin último de una supuesta conspiración.

Argumentos melifluos hoy se difunden para catequizar al ciudadano: “Protesta pero no desestabilices”, como si para cualquier familia un hijo desaparecido o desollado en vivo no fuera la cota máxima emocional de la desestabilización gubernamental que los acosa tanto en la injusticia, como en la inseguridad, como en lo económico.

Secundada por voces mediáticas diseminadas en todo el espectro de la comentocracia, la especie actual, sin embargo, no ha surtido los efectos desmovilizadores que pretenden sus autores y los comunicadores que la secundan.

Todo lo contrario, poniendo de relieve cuánto poder manipulador de cara a las redes sociales han perdido ciertos sectores de la prensa, perennemente proclives a cumplir designios gubernamentales, en muchas ciudades del país la indignación ciudadana por los sucesos de Ayotzinapa (pero no sólo por ello) tomó las calles el emblemático 20 de noviembre en magnitudes sorprendentes.

Con el Distrito Federal como ejemplo ilustrativo de la protesta multitudinaria, al igual que en muchas otras capitales del mundo hasta donde el conflicto mexicano se ha internacionalizado, las multitudes abarrotaron los espacios públicos en manifestaciones que de darse en otras latitudes ya habrían llevado a juicio político a lo más conspicuo de la clase gobernante mexicana.

Quizá la ciudad más inédita de todas las urbes para este despliegue de hartazgo ciudadano haya sido Monterrey, que exhibió en céntricas calles una multitud pocas veces vista de todas edades y clases sociales, mezcladas en un solo fervor (“queremos vivos a los 43”), en un solo reclamo (“ya basta de la impunidad del poder”), una sola exigencia: (“¡Fuera Peña, fuera Peña!”).

La capital regiomontana en su conjunto despertó así de un largo letargo sociopolítico de movilización ciudadana para protestar y exigir, que los memoriosos calculan en décadas; tantas que parece impreciso a los ojos observadores ubicar un evento similar en la historia contemporánea de la ciudad.

Ni siquiera la muerte, todavía impune a manos del Ejército, de los estudiantes del Tec, avivó en su momento algo más que una diminuta marcha escolar por la acera de sus instalaciones de la mano del rector itesmita de aquella época, según encorsetados reglamentos internos que inducen al control de cualquier efervescencia social en sus filas estudiantiles. Otro tanto cabría decir de la ausencia de movilizaciones sociales masivas a raíz de la tragedia del casino Royale por citar dos ejemplos.

Hoy, rebasada la claque gobernante (que ante la marcha movilizó a un contingente también nunca visto de Fuerza Civil); rebasados los cuadros directivos de la universidades de élite (U-ERRE, UDEM), y del mismo Tec, así como ante la impotencia de la clase dorada de empresarios regiomontanos (a los que no quedó más remedio que replegarse en discreto silencio), una regiomontanidad solidaria se abrió paso en muchedumbre y en el inédito extremo provocó hasta la simpatía y el respeto de numerosos automovilistas y viandantes que esta vez a los manifestantes no los anatemizaron con el estribillo calvinista de siempre: “¡Mejor pónganse a jalar, rijosos!”.

Es temprano para saber si una golondrina hará o no, una especie de primavera social regiomontana. Las oleadas desinformadoras no cesan (“Intereses externos en Ayotzinapa”), y desde el Gobierno local (“estamos atentos a infiltraciones foráneas”), o desde asunciones certificadoras de una pretendida pureza étnica regiomontana (“Nuevo León no es Guerrero”), se intentará esterilizar una movilización social como probablemente nunca antes en su historia se había visto en Monterrey.

gcolin@mail.com