Entre pares

Monterrey envejece decrépita

Todas las ciudades del mundo padecen el paso de los años. Pero a unas se les observa más una senectud lastimosa que a otras. Y en el caso de Monterrey no es para bien. El deterioro urbano de la metrópoli regia ya es una cosa palpable más para el visitante que para el residente acostumbrado a repetir el otrora orgulloso mantra regiomontano: “Monterrey es una de la ciudades más bonitas del país”.

El desarrollo de la urbe metropolitana ha venido acumulando por décadas rezagos importantes y la cara que hoy presenta, a excepción de algunos lugares y municipios muy localizados, es decrépita: vialidades astrosas, camiones urbanos deteriorados y sucios, cordones de banquetas derruidos, lotes baldíos convertidos en muladares, calles con polvo y suciedad acumulados, graffiti en casi todos los muros, contaminación visual y de la otra al máximo, céntricos barrios enteros de mal aspecto (las avenidas Madero y Colón son emblemáticas), y muy poca limpieza, jardineras pardas sin pasto, luminarias apagadas, más los baches consuetudinarios en carpetas asfálticas ya muy parchadas. Basura, basura y más basura regada por doquier.

La imagen global es de deterioro, suciedad y polvo. “Me da pena, pero me dio tristeza Monterrey la última vez que la vi. Es mi tierra, pero ya no regresaría a vivir en ella. Parece más un pueblote sucio y polvoso que una gran urbe”, dice una regiomontana que estudió en el Tec y hoy es alta funcionaria de la Secretaría de Economía.

Como lo evidenció el reportaje de Gustavo Mendoza publicado en estas mismas páginas de MILENIO, lugares ejemplificativos de lo anterior existen como la llamada Plaza Hidalgo a espaldas del antiguo Palacio Municipal, en el corazón de la zona hotelera de Monterrey, y donde hay una columna votiva en honor al cura Hidalgo, iniciador de la gesta de Independencia.

Reconocida por el INAH como una de las plazas más antiguas de la ciudad (data por lo menos del año 1600), fue hace algunos años que unos genios de la municipalidad regiomontana decidieron quitarle lo poco pintoresco que le quedaba a este resabio del caso urbano del siglo XVI. Quitaron las bancas churriguerescas que tenía y en su lugar pusieron un mobiliario supuestamente moderno con toques de aluminio frío y sin gracia. La rodearon de cajones para lustrar calzado que desde el principio lucieron horrendos. Y culminaron su estéticamente destructiva obra con unas barras metálicas alrededor a manera de luminarias, que hoy lucen decapitadas, malformes y vandalizadas.

En una de sus tantas fallidas reinauguraciones se recuerda que a través de un portavoz, la asociación de hoteleros y restauranteros de la zona manifestó en el lenguaje grandilocuente y supremacista de siempre: “Con la remodelación de esta plaza, Monterrey se pone a la vanguardia nacional y figurará en el mapa turístico internacional como uno más de sus atractivos para el turismo mundial”. 

Vanas expectativas que por supuesto nunca habrían de cumplirse, pues con todo y su antigüedad, la Plaza Hidalgo hoy no es ni remotamente una plaza altamente visitable del país, ya no se diga en el plano mundial (y mucho menos con el deterioro que ostenta).

Símbolo de todo el deterioro de la urbe regiomontana, la Plaza Hidalgo es hoy un sucio corredor ya no turístico, sino apenas peatonal del que un buen número de habitantes de Monterrey se acostumbra a verlo a diario en esas astrosas condiciones.

Al igual que el resto de la ciudad, el deterioro lo empeora el factor cultural de una población que en su gran mayoría no hace de la limpieza y pulcritud urbanas un botón de orgullo propio. Y de los funcionarios encargados del mantenimiento urbano es mejor ni hablar. Hacer de Monterrey una ciudad habitable, limpia y hermosa no es tema, dirán en el lenguaje tecnocrático de hoy.

gcolin@mail.com