Entre pares

Monterrey atracada y desolada

Con casi ninguna excepción y como pocas veces vista en la historia, los alcaldes salientes de Monterrey y su área metropolitana han dejado tras de sí obras y asignaturas pendientes o inconclusas, deudas irregulares acumuladas, rezagos administrativos y de atención ciudadana, así como gruesos expedientes de corrupción que los señalan.

Tal vez como nunca en la historia de NL, la población observó la manera desvergonzada, el cinismo criminal de gobiernos municipales dedicados a perpetrar atracos al erario a ojos vistas de la opinión pública.

Ejemplos deplorables sobran. Van desde permisos para edificar torres que lucían canceladas, hasta terrenos estatales autoasignados en forma colegiada por cabildos inescrupulosos que ni en cuenta toman su absoluta falta de atribuciones legales para recetarse predios de Fomerrey, pasando por las aprobaciones sospechosas de licencias para casinos, y el blindaje oneroso de vehículos por adquisición directa que servirán para munícipes salientes, como Margarita Arellanes, de Monterrey, que con una administración paralizada aun así se dio tiempo para aprobar a placer, como lo hicieron casi todos los alcaldes metropolitanos, lo que les vino en gana en presunto beneficio propio. Su actitud burlesca, irrespetuosa con el pueblo que los eligió, quedará indigna y sin paralelo en los anales de la historia.

Sobra decir que las arcas lucieron vacías, sin que nadie pusiera un control a la rapiña. La impunidad fue la norma desde San Pedro hasta San Nicolás y desde Pesquería o Apodaca hasta Santa Catarina. No hubo autoridad ni norma alguna que impidiera lo sucedido, ocurrido a la vista de todos los ciudadanos y hasta de un complaciente Congreso.

Por doquier quedó hecho añicos el vetusto paradigma regiomontano de gente honesta, honrada y trabajadora. No más. En los vivos ejemplos de los alcaldes de Monterrey y su área metropolitana se evidenció a ojos de la comunidad entera, en esos puestos, una caterva de rufianes regios con licencia, que hicieron de las suyas a placer y dejaron como nunca un caos urbano tras de sí.

Nada funciona bien hoy en día en el área metropolitana de Monterrey con la mayor parte de los servicios primarios prácticamente desaparecidos. El tráfico paralizado de manera recurrente por horas sin agentes de vialidad que lo hagan fluir; ya no hay Policía, las calles son una zona de guerra con cráteres de baches que parecieran abiertos por bombas; grandes extensiones de colonias enteras sufren la falta de luminarias en buen estado, y en general la desolación, el grafitti y la basura se han comido las avenidas de la otrora orgullosa Sultana del Norte. Es apenas un milagro que el crimen organizado no la haya retomado por asalto todavía, si bien episodios de violencia abundan en zonas a veces no tan periféricas.

Convertida en una vieja decrépita, Monterrey y su zona conurbada no son más el ejemplo de eficiencia y belleza urbana que algunas vez sus cámaras empresariales quisieron presumir. La mentada "marca Monterrey" y su pretendida grandeza —si es que alguna vez la tuvo—, son el correlato de las ruinas sobre las que se quiso edificar. Ni huella queda de los valores que un día tanto se pregonaron que la ciudad encarnaba.

No fueron foráneos ni extranjeros los que la convirtieron en el muladar cada vez más inhabitable que es. Fueron políticos cien por ciento regiomontanos, electos por ciudadanos nuevoleoneses, los que la destruyeron hasta la raíz.

Quizá corresponda a los miembros de una nueva generación más consciente de sí misma y de las tumoraciones de personalidad que el autoensalzamiento desmedido provocó en sus mayores, los que un día tengan a la vista, de manera más humilde y menos soberbia, la misión de reconstruir a Monterrey desde sus cimientos. Hoy no es más que una ciudad desvalida, precaria y a punto de desplomarse.


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