Entre pares

Días de patrioterismo exaltado

En la algarabía futbolera, las familias se reúnen,  el país se unifica, el narcotráfico y su violencia retroceden hasta la portería contraria.

La liga ramplona y chabacana de las pautas publicitarias de todo tipo de productos comerciales parece no conocer límites en los tiempos mundialistas de futbol que corren en la actualidad.

Se percibe un sesgo reforzado en los comerciales: el lema aspiracional que basa su eficacia en la omnipotencia de su enunciado: “todo es posible si estamos unidos mexicanos”, que hace juego de palabras con el nombre oficial del país. O el que deja en incógnita la relación (y la lógica) que guarda un mundial de fútbol con un dentífrico, que por supuesto es el limpiadientes que usa la Selección para atajadas con sabor a menta.

Guiones pueriles de producción millonaria. Compruébese si no, el patético cuento de hadas de un embotellador refresquero que dizque embotella la voz de cientos de mexicanos para cantarle a la Selección Nacional de futbol en su hora. Y al abrir los refrescos de cola las melodías fluyen de entre los envases por algún artificio de sonido que los seleccionados escuchan en sus vestidores. Más que todo, chorrea almíbar retórico el “Cielito lindo”, que como himno nacional mejorado aglutina a la sociedad, previa compra y consumo de la chispa de la vida.

Trátese de un desodorante o de un suplemento alimenticio para su venta televisada, en los videocomerciales aparecen a cuadro locutores con miradas de ojos entrecerrados de falsa emoción y tonos de voz grandilocuentes. A la par, en el fondo un gigantesco estadio vacío se puebla en segundos de una multitud de fanáticos, festejantes del máximo evento futbolístico mundial como si les fuera en ello la vida. El mensaje al final es desolador para el civismo, reduccionista del espíritu deportivo y mediocremente aspiracional para quien debe regresar a la cruda realidad económica momentos después.

Enfebrecidos fanáticos lo evidencian luego del México-Brasil, empatado en mucho por la destreza del guardameta Ochoa, cuya foto hacen circular en instantes por las redes sociales, reconvertido en estadista de portada en la revista Time con la leyenda que hubiera querido cualquier presidente: “SAVING MEXICO”, o aquella otra gráfica donde de plano a Ochoa lo sientan en la silla presidencial cruzado con la banda tricolor. YouTube digitaliza su ya pregonada inmortalidad con el laurel de victoria de cualquier mexicano: un corrido que instantáneamente se vuelve viral. La mediocracia nacional no se mide, se sublima: “Guillermo Ochoa superó la grandeza del héroe y alcanzó la divinidad ante Brasil”.  Apenas a milímetros de Peña Nieto: “hoy México demuestra su grandeza”.

Frases machaconas, rememorativas de los socorridos libros de autoayuda, al estilo de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, se hilan en discursos forzados que poco o nada tienen que ver con el producto anunciado. Menos con un campeonato mundial de futbol y la mexicanidad si acaso luce simbolizada en el “echarle ganas” o porra de un colectivo que la corea tanto que acaba por creérsela, convencido a sí mismo que el país a partir del grito y del festejo en la glorieta del Ángel de la Independencia, ya es otro, diferente, imparable.

Todo es luminosidad a partir de entonces. En la algarabía futbolera, las familias se reúnen, el país se unifica, el narcotráfico y su violencia retroceden hasta la portería contraria, las elecciones ni falta que hacen y los políticos menos. Éstos que resienten a la baja su estima propia y la alta popularidad de casi cualquiera que tira patadas a un balón, se adhieren al vértigo con pronósticos ñoños, augurios felices de la dicha por venir que la prensa cabecea a ocho columnas: “el gobernador afirma que México ganará por diferencia de tres goles” y la declaración con foto rueda a prensas a todo color en primera plana.

Hasta para eso da la división política de poderes que se frivoliza más en el mundial (si ello aún es posible); no es lo mismo el pronóstico deportivo de un diputado que el del jefe político de un territorio, y menos si es mexiquense o de alguna resonancia como los norteños, en especial el de Nuevo León. De todas maneras, muchos hacen su apartado en el próximo vuelo a Brasil aunque se ausenten de sus obligaciones oficiales. Y un diario hace el símil de ¿Dónde está Wally? pidiendo a sus lectores localicen en el pasatiempo personalidades políticas o artísticas de México de entre una multitud en un graderío en Maracaná.

Apenas audible la voz del entrenador El Piojo Herrera: “…no nos jugamos la Patria con la Selección. Hemos asistido a 14 mundiales y la Patria ahí sigue. Si la Selección pierde, el país no se cae…”. Sobriedad atendible en la desmesura.

gcolin@mail.com