Entre pares

Circo romano con porterías

¿Dónde se esconde lo que para entonces ya es la vergüenza nacional del fracaso monumental?

Demostrado en la agria frustración y protesta social del pueblo carioca ante la goliza de escándalo que propinó antier el equipo de Alemania a la oncena brasileña, es observable que el futbol ha desplazado de numerosos países símbolos de mayor grandeza como argumentos de identidad nacional entre los individuos. Pero el boleto sólo es para unos. Fracasar obtenerlo arriesga la estabilidad y la gobernabilidad. De ese tamaño las sinonimias que se han gestado entre destino histórico, pueblo, nación, prosperidad y… futbol.

Puede ser que hoy en día el futbol sea el deporte más practicado del mundo. Pero al pasar de ser un pasatiempo jugado por multitudes alrededor del globo desde su versión amateur, a considerarse como un espectáculo y negocio, surgen enormes diferencias y consecuencias. Siendo la primera que el lucro a través del deporte es su divisa (la mundialmente famosa FIFA o Federación Internacional de Futbol reportó ingresos en 2013 por 1.3 billones de dólares), y la siguiente en importancia es que los seleccionados sean elevados a la categoría de depositarios de todas las ansias, los anhelos, y las necesidades históricas de un país con oportunidad para resolverlas cada cuatro años en unos cuantos cotejos de noventa minutos.

Las diferencias indicadas, sociológicamente se mantienen mediáticamente en un nivel deliberadamente confuso, el cual opera desde que se anuncia que la futbolística oncena nacional de un país lo va a representar en la mayor competencia mundial de este deporte. De entrada, con ello se introduce en el lenguaje, un elemento distorsionador. De manera semántica se hace ambigua la realidad. Se obvia que es nacional la susodicha Selección sólo porque una federación local de futbol (otro negocio) así la denomina. No porque se trate de una auténtica selección abierta a los mejores o más capaces jugadores de un país escogidos por méritos propios y mediante requisitos y reglas precisas, democráticas y transparentes.

Por el contrario, como se ha visto se trata de jugadores seleccionados de entre varios clubes de profesionales que lo juegan por dinero, asociados sin excepción a la FIFA. No se trata pues de algo auténticamente nacional (salvo por la denominación de origen), sino sólo de un grupo escogido a criterio personalísimo de un entrenador; conformado arbitrariamente por jugadores que juegan profesionalmente en negocios privados (clubes), cuyos dueños son inversionistas —personas físicas—, afiliados a una poderosa asociación privada. ¿Cómo es que de ahí pasan a ser cuasi representantes de las naciones?

El salto es mediático y de todos los grandes intereses económicos y políticos que participan en el concurso mundial de ese grupito de expertos futbolistas que cobran por jugar. Al ser denominados representantes de un país el brinco es enorme por la popularidad del balompié; como descomunal pasa a ser el que dichos jugadores se diga que encarnan los sentimientos, cualidades y valores de una nación entera.

Un tuit del presidente Enrique Peña Nieto sobre la más reciente Selección Nacional es un ejemplo de la desmesura: “México muestra su grandeza”. ¿Un plantel de once jugadores tomados en su mayoría de los clubes privados León y Cruz Azul, muestran la “grandeza de México”?

Esta es la otra vertiente de la deliberada transformación de los seleccionados” en poco menos que héroes nacionales. Resultan un filón de oro en popularidad para el aprovechamiento de la clase política y para lograr adhesiones y consensos al régimen en turno, o para atenuar cualquier protesta o descontento social. Un país que pasa a Cuartos de Final en la Copa del Mundo es —según reproduce la falacia— porque ya está en los mejores estadios de bienestar y desarrollo social. ¿Si no, para qué sirve ser campeón mundial de futbol?

Por ello no son pocos quienes consideran a la Copa del Mundo de la FIFA, la versión contemporánea del circo romano. Quizá menos cruento y celebrado cada cuatro años, pero igualmente ofrecido al fervor de masas para elevar sus niveles de optimismo momentáneo. El problema es cuando, como en Brasil, no se logra la Copa: ¿dónde se esconde lo que para entonces ya es la vergüenza nacional del fracaso monumental? ¿Llevándose el Cristo de Corcovado una mano al rostro en desconsuelo? O ¿con el presidente Peña Nieto afirmando, al igual que millones de sus conciudadanos: “no fue penal”, aunque la pifia haya tenido muy poco que ver con la derrota?

gcolin@mail.com