Entre pares

Adiós al padre, adiós a la Patria

La vida de los ancestros es, sin duda, huella de la propia, y en ella se encuentran claves del devenir social e individual.

In memoriam

de Guillermo Colín Negrete

(q.e.p.d.)

Conoce el lector de esta columna, la aspiración del que la escribe por darle voz en alguna medida. Ello incluye registrar momentos sociales por los que atraviesa, incluidos los de congoja colectiva e individual. En ocasiones éstos se combinan y reflejan también sentires sociales de los que el periodismo se nutre y da cuenta.

Mi padre murió en la alborada del 12 de diciembre pasado, señalada fecha para una mayoría de mexicanos. Y hoy más aún, pues en ese día los mexicanos acabamos de perder, y quizá para siempre, la propiedad estratégica del petróleo que nos forjó como nación en la época moderna. Una fatalidad doble, en lo individual y en lo colectivo, que lleva a este redactor a sentirse propiamente huérfano de padre y patria.

Falleció apenas un año después de mi madre. Un par de meses más adelante habría cumplido 90 años de edad de una vida cabal como padre de seis hijos, y numerosos nietos y bisnietos. Cumplió con ventura la sentencia bíblica de ver hasta la tercera y cuarta generación.

Hombre de simpatías que concitaba las ajenas por su afabilidad y don de gentes. Aún en su lecho de muerte, en la residencia geriátrica donde moraba, una romería de residentes se dirigen a este autor, y le expresan sus condolencias en modo que se aleja de lo convencional. Relatan anécdotas de afecto sincero por él. “Se hacía querer”, me dicen.

El vecino más próximo a su villa es un emigrado de la Guerra Civil Española en la que combatió. Con el tiempo en México llegó a ser alto ejecutivo de empresas transnacionales y ahora en el retiro, disfrutaba con mi padre de tardes queretanas en las que compartían crítica política y subversivamente fumaban cigarrillos.

Mientras los paramédicos intentan sin éxito restablecer los signos vitales de mi padre, afuera Isidro Pastor, el refugiado español ya naturalizado, combina sus condolencias con su viva indignación por la votación a la reforma energética que en ese momento lleva a cabo la Cámara de Diputados entre gritos de traición a la patria, y que un televisor transmite de manera audible. En vertiginosa sucesión de imágenes y sonidos este periodista registra así los últimos momentos de la vida de su padre con los últimos también del petróleo mexicano como por generaciones enteras lo conocimos y lo disfrutamos.

A mi padre el personal de las ambulancias que han acudido a la emergencia lo resucitan un par de veces pero finalmente pierde la batalla. Para el devoto, morir el 12 de diciembre puede ser una bendición guadalupana. Más en el calendario burocrático mexicano como día feriado sólo hay guardias en las oficinas oficiales. Y una guardia es alguien que virtualmente está disponible pero “hay que avisarle para que venga”. Papá muere alrededor de las ocho de la mañana. Obtenemos del registro civil el último documento para inhumarlo a eso de las tres de la tarde.

Hombre de servicio, empujó diversas causas desde las filas del catolicismo social como la ACJM, el Movimiento Familiar Cristiano, los Caballeros de Colón, y aún los Scouts de México. Fue miembro fundador del Centro Nacional de Comunicación Social (CENCOS) donde este periodista se infatuó con la imprenta y sus artes gráficas y abrevó de dos insignes representantes del periodismo mexicano: Alejandro Avilés (+) y José Reveles. Interesado en los temas de su tiempo, escucha desde una radio de onda corta, la versión cubana de la Crisis de los Misiles en los sesenta entre EU y la URSS, que este reportero en ciernes —con el padre como guía—, escucha como si fuera la guerra de los mundos orwelliana (que estuvo a punto de serlo).

La vida de los ancestros es, sin duda, huella de la propia, y en ella se encuentran claves del devenir social e individual. La alquimia afectiva de los detalles de los progenitores con sus vástagos trasciende lo individual cuando éstos los retoman de formas insospechadas en sus profesiones o en sus vidas. Así fue que el autor a temprana edad acompañaba al padre a imprimir boletines en un mimeógrafo alemán de espejo, a generar claves de radioaficionado, a fotografiar el mundo desde una Voigtländer inolvidable. A ser comunicador social en suma.

Ninguna muerte es bella. Pero algunas reconfortan por deseables. La mañana en que falleció mi padre, amaneció animoso y de buen humor. Le prepararon el baño que solía tomar bien caliente y le sirvieron el desayuno en la cama. Prendió el televisor y lo sintonizó en las festividades de la Basílica. Al escuchar los coros escuchó “…la Guadalupana bajó el Tepeyac…”, que le gustaba. Subió el volumen y empezó a cantarla muy alegre. Seguramente se conmovió demasiado, pues ahí le sobrevino el ataque cardiaco. Dicen los creyentes que la Virgen extendió su mano y se lo llevó a cantarle en el cielo… Así sea. Descansa en paz, papá.

gcolin@mail.com