Entre pares

Adiós, Pemex; adiós, CFE; adiós, México…

Una vez eliminados estos principios de la Constitución se dará la entrada a México a explotar el petróleo de las grandes empresas transnacionales y norteamericanas básicamente.

Como en la célebre película evocadora de un México de los recuerdos a punto de su final en la época porfirista con sus días contados, los aciagos días contrarrevolucionarios que corren en la actualidad tienen ese aire de nostalgia y pesadumbre sobre lo irremediablemente perdido: las grandes conquistas soberanas de nuestro país por mantener como exclusividad del Estado mexicano la explotación petrolera y eléctrica, como áreas estratégicas o prioritarias para el desarrollo nacional y para proteger la seguridad y la soberanía de la nación (condición que en la reforma energética es modificada o erradicada de los artículos constitucionales 27 y 28).

Al fragor de esa miserable reforma energética que apuesta todo a la venta virtual al capital extranjero de esos derechos y sus activos constituidos alrededor de ellos, ahora las paraestatales icónicas de México (Pemex y CFE) que por décadas tanto aportaron ingentes recursos para el desarrollo del país, son degradadas en infame desvalorización y despojo patrimonial a todos los mexicanos.

Merced a la legislación secundaria de esas reformas constitucionales, lo que tanto costó a generaciones enteras de mexicanos está a punto de desaparecer en modo por demás oprobioso. Expertos auguran que en las astringentes condiciones planteadas y ante tantos nuevos agentes e instancias reguladoras, así como ante los bloqueos previstos en su autonomía de operación, Pemex y CFE no durarán ni el sexenio presente y serán desmanteladas por ineficientes o faltas de rentabilidad.

Pemex y CFE pasan de constituir pilares fundamentales del Estado mexicano, con toda la majestuosidad y la fuerza de éste, a la de fungir como simples empresillas del gobierno en turno, iguales en todo a cualquier otra, regidas por una fenicia ley de mercado ajena a todo interés nacional y más que nada responsiva a una bolsa de valores (que no conoce patrias ni prioridades nacionales) y ante un Consejo de Administración como si fueran cualquier sociedad anónima donde el lucro es valor absoluto.

La redacción de esa legislación secundaria, prefigurada en el colmo de los cinismos políticos desde la Sener y enviada por consigna y sin recato a los legisladores en franca violación de poderes, es de un entreguismo mercantil y falta de visión tales, que sería apenas equivalente a imaginar que la misión de la UNAM se vendiera a academias particulares aledañas a las estaciones del Metro capitalino, o que una M gigante y fluorescente de McDonald’s cubriera, previo pago de derechos insignificantes, la cima de las pirámides de Teotihuacán.

Oportuno es citar con Manuel Bartlett del PT: la esencia de esta reforma es el quitar la exclusividad del Estado en la explotación del petróleo y de la electricidad. Acabar con estas conquistas de México y con estos dos pilares de desarrollo del país. Privatizar y desnacionalizar tanto el petróleo como la electricidad. Una vez eliminados estos principios de la Constitución se dará la entrada a México a explotar el petróleo de las grandes empresas transnacionales y norteamericanas básicamente. Pero no hay ninguna razón sólida para quitar de la Constitución estos principios.

Alegan problemas de Pemex o que ahora hay que ir a explotar el petróleo en condiciones más difíciles, estableciendo una incapacidad absurda porque México ha sido capaz, aún en condiciones tecnológicas y financieras más adversas que hoy como durante la expropiación petrolera.

Lo que ocurre es que el presidente Peña Nieto está sometido a los intereses norteamericanos porque todos los problemas que se encuentren en Pemex y la CFE —que son muchos sin duda, de corrupción sobre todo—, se pueden corregir si quisieran. Ninguno de ellos lleva a la conclusión de que tienen que entrar los extranjeros a México.

Los diputados y senadores federales del peñanietismo, entre ellos los nuevoleoneses Cristina Díaz, Héctor Gutiérrez, Javier Treviño e Ivonne Álvarez (promotores entre otros del entreguismo apátrida contenido en la reforma energética), llaman a razonamientos de este tipo: “atavismos”, o ideologismos trasnochados que no son “competitivos”. Lo que ofrecen a cambio de este atraco y por el despojo monumental a la Nación, es “bajar las tarifas de electricidad y gasolina de diferentes marcas”. Cacahuates canjeados por soberanía y autodeterminación.

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