Cruzando el Charco

Las primeras palabras a través del Atlántico

Gracias a las aportaciones de muchos hombres brillantes, a mediados del S.XVII las ideas pudieron viajar a velocidades antes inimaginables. El telégrafo se había extendido por América del Norte, Europa e Inglaterra. La red de cables telegráficos crecía día tras día.

Cyrus W. Field cuenta con 15 líneas de biografía en la Wikipedia. Supongo que su aportación a la humanidad no llegará ni a la suela del zapato de Paris Hilton, a quien esta enciclopedia on-line dedica 227 líneas. Pero como no he sido capaz de llegar a comprender qué ha hecho esta mujer para alcanzar semejante mérito, me permitirán que les hable del olvidado Cyrus W. Field.

La rueda, el caballo, el barco a vela y posteriormente a vapor y el ferrocarril contribuyeron a lo largo de miles de años a facilitar el transporte de personas y mercancías alrededor del mundo. Pero aún con tanta innovación, las ideas seguían viajando a principios del S.XVII a una velocidad parecida a la de la época de los Apóstoles.

Gracias a las aportaciones de muchos hombres brillantes, a mediados del S.XVII las ideas pudieron viajar a velocidades antes inimaginables.

El telégrafo se había extendido por América del Norte, Europa e Inglaterra. La red de cables telegráficos crecía día tras día. Y por ella fluían a gran velocidad pulsos eléctricos capaces de comunicar de forma inmediata lugares tan distantes que de otra forma habrían necesitado semanas de viaje establecer contacto.En 1851 se logró tender un cable submarino entre Francia e Inglaterra a través del Paso de Calais, donde solamente 32,5 kilómetros separan al Cabo Gris-Nez de Dover. Fue la primera vez que el telégrafo superó  la barrera acuática que había mantenido Inglaterra aislada de Europa.

Esta proeza no pasó desapercibida a Cyrus W. Field, un joven empresario estadounidense que en pocos años había logrado amasar una enorme fortuna. No tenía la más remota noción sobre electricidad, pero su energía, valor y visión le hicieron soñar en conectar Estados Unidos con Inglaterra.

Los conocimientos sobre materiales conductores, voltaje, resistencias, condensadores y electricidad en general eran muy limitados en aquel entonces. Una cosa había sido cruzar un pequeño estrecho.

Otra bien distinta sería cruzar el basto Océano Atlántico.Se necesitarían más de 3.700 kilómetros de cable. Éste debería ser lo bastante sólido para aguantar altos voltajes, pero suficientemente flexible para evitar que se rompiera. No existía ningún buque suficientemente grande como para albergar semejante carga.

Y aun superando estas dificultades, quedaba el interrogante de si en el fondo marino habría campos electromagnéticos capaces de interrumpir la corriente eléctrica, si la presión y el frío abisal dañarían el cable o si en las cordilleras submarinas habría volcanes capaces de derretirlo.Los expertos consideraban absurda e imposible la idea.

Pero el entusiasta Cyrus logró reunir el capital necesario e involucrar a las mentes más prodigiosas del momento en la gesta más grande del Siglo.Superadas innumerables dificultades técnicas, se pudo empezar el tendido. Dos grandes buques de guerra fueron modificados para albergar cada uno la mitad del cable.

Uno de los barcos salió de la costa americana y otro de la irlandesa para encontrarse a medio camino. Tras 14 días de navegación soldarían los dos extremos conectando América y Europa. Pero tras un día de trayecto, uno de los buques vio impotente como el enorme cable se escurría de la bovina a toda velocidad. Un terrible error propició que la valiosa carga se perdiera en las profundidades.

El segundo intento también terminó en fracaso. Cyrus tuvo grandes dificultades para convencer a los técnicos e inversores para emprender una tercera tentativa, pero una vez más se salió con la suya. Esta vez ambos buques partirán del medio del océano y se alejarán en direcciones opuestas.En el tercer intento la suerte sonríe a la expedición, que logra tender con éxito el cable.

La noticia corre como la pólvora por todo el mundo. La Reina de Inglaterra transmite las primeras palabras de la historia a través del Atlán-tico. Éstas son recibidas con éxito en Nueva York, donde se celebran desfiles y banquetes en honor de Cyrus W. Field.

Las multitudes inundan las calles y le aclaman como si de un héroe se tratara.Pero a los pocos días, el cable se daña y la comunicación se corta. Empiezan a difundirse rumores que aseguran que todo fue un montaje, que ningún mensaje fue retransmitido. La alegría se convierte en frustración y las alabanzas en cólera. Nadie perdona a Cyrus que haya hecho soñar a la humanidad en una hazaña imposible.La indignación es tal que la idea de retomar el proyecto queda sepultada.

Ha quedado demostrado que conectar los dos continente es inviable y ya ningún inversor se prestará a perder su capital en semejante ocurrencia.Pero el progreso es imparable y un invento facilita la aparición de otro. Pasados seis años, se han calmado los ánimos y los progresos científicos permiten soñar de nuevo en el faraónico proyecto transatlántico.

Solamente hace un hombre que lo impulse. Alguien capaz de transmitir coraje e ilusión al mundo entero para lograr lo imposible.Es entonces cuando Cyrus W. Field se levanta de nuevo para liderar el proyecto en el que siempre ha creído. Acude a centros financieros, visita gobiernos, se entrevista con expertos y finalmente logra que la humanidad vuelva a soñar.

Y esta vez, con mayores conocimientos y mejorados instrumentos, todo sale a la perfección. América se conecta con el resto del mundo a través de Europa. Y gracias a la visión y perseverancia de aquel empresario estadounidense, la humanidad queda conectada y las ideas fluyen imparables alrededor del mundo.Algo extraordinario sucedió en 1858.

Algo más grande que cualquier conquista o cualquier guerra. Pero el mayor logro tecnológico del S.XVII no es citado en los libros académicos.

Nunca verán a un niño estudiando a Cyrus West Field. Por algún incomprensible motivo en las escuelas se prefiere instruir a los alumnos sobre las gestas de emperadores, reyes y generales. Es sorprendente la proporcionalidad que existe entre el número de páginas dedicadas a cada uno de ellos en los manuales de historia y la cantidad de sangre que lograron derramar. 



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