Cruzando el Charco

Las buenas noticias pasan desapercibidas

Los seres humanos tenemos la extraña facilidad de almacenar en nuestra memoria los malos momentos. Basta conversar con alguien sobre los principales acontecimientos que nos ha dejado el 2016 para darse cuenta de que los recuerdos felices son efímeros, mientras que el sufrimiento queda grabado en nuestras mentes con una desagradable nitidez.


Durante la última semana, los medios de comunicación han ofrecido recopilatorios con las noticias más destacadas del año. Terrorismo, refugiados, populismo, racismo, violencia de género, guerra y corrupción han sido los protagonistas del 2016. Y a la vista de tanta injusticia, muerte y sufrimiento, son pocos los que se atreven a soñar con alguna mejora durante el nuevo año. Se ha extendido la creencia de que la humanidad ha entrado en una senda autodestructiva y que nos aguardan tiempos difíciles.


París, Bruselas y Berlín serán ciudades que recordaremos como escenarios de trágicos atentados. Dejamos atrás un año en el que Europa ha vivido en sus propias carnes el terror que antes parecía reservado a países con mayor inestabilidad.


Aludes de refugiados se han amontonado a las puertas del viejo continente generando una penosa crisis humanitaria y poniendo en cuestión los principios fundacionales de la Unión Europea. Mientras miles de almas han sido engullidas por el Mediterráneo, el primer mundo ha observado impasible las crudas imágenes de los naufragios.


Las ilusiones depositadas en el primer presidente de color de los EE.UU. se han evaporado tras 8 años de promesas incumplidas y de campañas de imagen destinadas a esconder una extensa colección de fracasos. Barack Obama ni siquiera ha sido capaz de evitar el vergonzoso crecimiento del racismo en su país.


2016 será recordado en los libros de historia como el año en el que el populismo empezó a imponerse en los países democráticos. Entre otros, cabe destacar el ascenso de la ultra-derecha en Europa, el Brexit en el Reino Unido, el rechazo de la paz en Colombia, la victoria de Trump en EE.UU. y el fortalecimiento de líderes autoritarios en Rusia, Turquía y Filipinas.


Después de cinco años de conflicto, las noticias que llegan desde Siria siguen estremeciendo al mundo entero. Y por primera vez desde la disolución de la URSS, una nueva guerra mundial se presenta como un escenario angustiosamente probable. La escalada de tensiones entre EE.UU., Rusia y China parece estar completamente fuera de control.


Desde luego, estos recuerdos del viejo año no contribuyen a abordar el 2017 con mucha ilusión. Nuestra virtud por retener las malas noticias y olvidar las buenas nos evoca a un espiral de pesimismo. Cada vez es más extendido el pensamiento de que el mundo se está descomponiendo, de que debido a la maldad del ser humano estamos condenados a vivir un futuro tan incierto como atroz.


Pero lejos de corresponderse con la realidad, esta percepción apocalíptica del futuro responde a una visión miope de nuestro entorno. Si se aleja la vista de los impactantes titulares que han llenado las portadas de los periódicos, la perspectiva cambia diametralmente.


Para acoger el nuevo año con ilusión les invito a consultar “Our World In Data”. Se trata de un sitio web elaborado desde la Universidad de Oxford donde se analiza el estado de nuestro mundo de forma empírica y bien documentada.


Últimamente se habla mucho de la concentración de la mayor parte de riqueza del mundo a manos de unos pocos privilegiados. Se trata de un dato estremecedor, pero a la vez esperanzador. Pues anteriormente el reparto de riqueza era sustancialmente menos equitativo.


Mientras en 1820 el 84% de la población mundial vivía en la pobreza extrema, actualmente este porcentaje se sitúa cerca del 10%. Y contra lo que mucha gente cree, ha sido en los años recientes cuando se ha experimentado una mayor reducción del número de personas que viven en esta condición.


Hace dos siglos solamente un 17% de la población disfrutó de educación básica. Actualmente el 86% de la población mundial la ha cursado. La mejora sigue una tendencia bastante lineal y las proyecciones invitan a pensar que en los próximos años la educación básica estará al alcance de mucha más gente.


El alfabetismo ha pasado del 12% en 1820, al 85% en la actualidad. En este caso la tendencia no ha sido lineal, sino que en los últimos 30 años se ha disparado. Las nuevas tecnologías facilitan en gran medida el acceso al conocimiento y su desarrollo seguirá contribuyendo a la alfabetización del planeta.


Doscientos años atrás, apenas un 1% de los ciudadanos del mundo disfrutaba de las libertades de una democracia. En 1940 este porcentaje llegó a un insulso 10%. Pero desde entonces la democracia se ha expandido hasta arropar al 56% de los habitantes del planeta.
A partir de la década de 1960 se lanzaron exitosas campañas para la vacunación contra la difteria, la tos ferina y el tétanos. Mientras que antes de esta fecha apenas había gente vacunada contra dichas enfermedades que podían ser mortales, actualmente el 86% de la población está protegida.


Seguramente, el progreso de mayor importancia que se ha logrado en los últimos 200 años ha sido la reducción de la mortalidad infantil (fallecimiento antes de los 5 años) del 43% al 4%. Millones de jóvenes vidas han sido salvadas gracias a los avances de la ciencia.


No hay duda de que estamos en el buen camino. Tenemos muchos motivos para sentirnos orgullosos de lo que la humanidad está logrando. Es cierto que las desgracias continúan azotándonos. Pero en lugar de lamentar las calamidades que nos han tocado vivir, debemos levantarnos y seguir trabajando para mejorar la vida de todos los habitantes del mundo.