Cruzando el Charco

Ali bumaye!

Aquel hijo de una pobre familia negra se había convertido en un héroe nacional y ostentaba una preciada medalla de oro macizo. Cassius era la viva imagen del sueño americano y amaba el país que le había brindado la oportunidad de convertirse en el mejor boxeador del mundo.


Muhammad Ali murió hace muchos años. De él solamente quedaba una sombra débil, enferma y ávida de complacer a los medios y a los sponsors. Al colgar los guantes, poco a poco también abandonó su activismo político. Aquel indomable luchador dentro y fuera del ring nos había dejado de una forma tan discreta que apenas nos habíamos dado cuenta. Pero ahora, cuando el mundo necesita un nuevo Ali, lo que quedaba de aquel héroe se ha desvanecido para siempre.

La historia de Cassius Clay empieza donde terminan las de muchos grandes deportistas, con una medalla de oro olímpica. Aquella victoria en los juegos olímpicos de 1960 en Roma fue celebrada por los Estados Unidos de América como un éxito político, casi militar. En plena guerra fría los estadounidenses habían dado un golpe directo a la cara de la Unión Soviética.

Con orgullo patriótico, Cassius llevaba la medalla de oro a todas partes colgando visiblemente de su prominente cuello. Aquel hijo de una pobre familia negra se había convertido en un héroe nacional y ostentaba una preciada medalla de oro macizo. Cassius era la viva imagen del sueño americano y amaba el país que le había brindado la oportunidad de convertirse en el mejor boxeador del mundo.

Pero de todos los sueños uno acaba despertando. De vuelta a su Louisville natal terminados los juegos, Cassius entró en una hamburguesería con la brillante medalla colgando en el pecho. El dueño le invitó a marcharse, los negros no tenían permitida la entrada en el local. El golpe de puerta en las narices abrió los ojos a aquel muchacho negro. Deambulando por la orilla del río Ohio sus lágrimas de rabia se perdieron en la noche, arrastrando con ellas el amor que sentía por los Estados Unidos.

Cassius Clay siguió su carrera despertando admiración por su lucha dentro del ring y odio por su lucha fuera de éste. Se había convertido en una leyenda viva del boxeo, pero la fama no lo apartó del activismo político. Hizo gran amistad con Malcolm X y de su mano ingresó en la Nación del Islam. Ésta organización no abogaba por la integración racial ni por el pacifismo, bien al contrario. Uno de sus brazos más activos serían las Black Panthers, que según Edgar Hoover, director del FBI, eran “la amenaza más seria para la seguridad interna de los Estados Unidos”.

Con su ingreso a la Nación del Islam Cassius Clay abandonó el cristianismo y se comprometió a luchar por un país negro, musulmán y solidario con los pueblos oprimidos por la supremacía blanca. Fue un paso tan importante en su vida que decidió cambiar su nombre por el de Muhammad Ali.

En 1966, un año después que EE.UU. entrara abiertamente en la guerra del Vietnam, fue llamado a filas. Todavía habría que derramar mucha sangre para el que movimiento contra la guerra tomara notoriedad. Pero Ali declaró:

“No voy a ir a 10.000 millas de casa para ayudar a matar y quemar otra nación pobre simplemente para continuar con la dominación de los esclavistas blancos sobre la gente negra de todo el mundo.”

La insumisión se pagaba por aquel entonces con alrededor de 18 meses de encarcelamiento. Pero la negativa de Ali a participar en la guerra le supuso una condena de 5 años. Finalmente fue liberado bajo fianza pero fue despojado de sus títulos de campeón y durante tres años y medio se le confiscó el pasaporte y se le prohibió boxear.

Con Ali lejos de los rings otros deportistas tomaron su relevo. Como bien recordareis, compañeros mexicanos, en las olimpiadas que organizasteis en el 1968 Tommie Smith y John Carlos subieron al podio descalzos y levantando sus puños cubiertos por guantes negros como protesta por la segregación racial.

Igual que Ali, fueron apartados de sus carreras deportivas, demonizados por la prensa y marginados socialmente. El establishment reprimía ferozmente el movimiento por los derechos civiles. La violencia policial era extrema y cuando con ella no bastaba, las atrocidades del Ku Klux Klan acallaban los gritos de libertad de los afroamericanos. Aquel mismo año Martin Luther King, amigo de Ali, había sido asesinado. Tres años atrás también había muerto tiroteado Malcolm X.

En el mismo 1968 abandona la Nación del Islam. El invencible Muhammad Ali es ahora un hombre derrotado dentro y fuera del ring. Exhausto y desorientado se tambalea como si en cualquier momento fuera a desplomarse. Sus mirada perdida intenta encontrar las cuerdas del ring para evitar caer a plomo sobre el cuadrilátero, cediendo el primer K.O. de su carrera. Siente como por sus mejillas se deslizan lentamente cálidas gotas, pero es incapaz de discernir si son de sudor, sangre o lágrimas.

Y cuando, con gran satisfacción, la prensa estadounidense ha terminado de cavar la tumba al gran boxeador que se atrevió a mezclar deporte y política, el gigante negro recuerda que ya no se llama Cassius Clay y que sus rodillas jamás van a doblarse como las de un esclavo.

Muhammad Ali se levanta en 1974, en el Zaire, entre sus hermanos africanos que gritan “Ali bumaye!” (Ali mátalo) y pone punto y final al mejor combate de boxeo de la historia noqueando al luchador favorito del establishment blanco estadounidense, George Foreman.

Aquel día Muhammad Ali recuperó los títulos pesados de The ring, WBC y WBA mientras hacía añicos las ilusiones de supremacía blanca que todavía reinaban en su país.

42 años después, el eco del pesado cuerpo de George Foreman desplomándose contra el suelo del cuadrilátero parece haberse extinguido. En EE.UU. la situación de los ciudadanos afroamericanos ha mejorado considerablemente, pero el racismo contra los latinoamericanos y los musulmanes está resultando ser el mejor ingrediente para postularse como presidente.

Ali se fue para siempre y debemos mantener vivo su legado, pues no llegará otro como él. Si hoy, en los Estados Unidos de América, alguien como Cassius Clay decidiera cambiar su nombre y abrazar la Nación del Islam, se le acusaría de terrorismo y sería reprimido con mucha más ferocidad de la que se usó para intentar acallar a Muhammad Ali.

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