Cruzando el Charco

Temor al proteccionismo estadounidense

Una de las propuestas más polémicas de Trump ha sido la de construir un muro en la frontera con México. La verdad es que este muro ya existe y que su construcción empezó durante el mandato de Bill Clinton.

América Latina tiembla de miedo ante la expectativa de que Donald Trump promueva políticas proteccionistas. Estados Unidos es el principal socio exportador, y a la vez importador, de la mayoría de países latinos. Un endurecimiento de las condiciones para el comercio exterior en Estados Unidos representa una peligrosa amenaza para la estabilidad de la región.

La relación entre Estados Unidos y México es especialmente estrecha. México es el segundo socio exportador de Estados Unidos, y su tercer socio importador. El comercio bilateral entre ambos países en 2015 superó la suma del comercio estadounidense con Japón, Alemania y Corea del Sur juntos.

La exitosa campaña electoral de Trump se ha fundamentado en argumentar que si el país deja de comprar productos extranjeros y potencia el comercio nacional, Estados Unidos recuperará la vigorosidad de su economía. La idea se puede sintetizar en las palabras que se atribuyen a Abraham Lincoln: “Yo no sé gran cosa de aranceles. Lo que sí sé es que cuando compro una chaqueta en Inglaterra, yo me quedo con la chaqueta e Inglaterra con el dinero, mientras que si la compro en Estados Unidos, yo me quedo con la chaqueta y Estados Unidos con el dinero.

”Este razonamiento fue el fundamento del mercantilismo, la corriente de pensamiento económico reinante desde principios del Siglo XVI hasta mediados del XVIII. El mercantilismo contribuyó a dejar atrás la Edad Media dinamizando el comercio, permitiendo los préstamos con intereses y legitimando la acumulación de riquezas. Pero evidentemente, durante la Edad Moderna las únicas personas con capacidad para acumular riquezas fueron los monarcas absolutos que reinaban sobre toda Europa. Esto invitaba a confundir la acumulación de riquezas a nivel personal y a nivel estatal.

Los mercantilistas apostaban por potenciar las exportaciones a la vez que restringir las importaciones. Para ellos, una economía exitosa era la que vendía mucho y compraba poco a los países vecinos, es decir, la que tenía una balanza comercial positiva. Al entrar al país más dinero del que salía, el monarca absoluto podía acumular el oro que tanto necesitaba para cubrir sus caros caprichos y financiar sus constantes guerras.

Así fue como se empezaron a establecer aranceles, impuestos a la importación y toda clase de barreras comerciales que encarecieran aquellos productos que el país vecino era capaz de ofrecer a menor precio. Al encarecer artificialmente el precio de los productos extranjeros, los productos nacionales ganaban atractivo.

Este sistema garantizaba un gran número de puestos de trabajo, pues todo lo que los habitantes del reino pudieran necesitar sería producido dentro del reino por ellos mismos. No obstante, era un sistema que empobrecía a los súbditos. Estos se veían forzados a comprarlo todo dentro de sus fronteras, cuando habrían podido comprarlo a precios más económicos a comerciantes extranjeros. Es decir que, a la vez que se garantizaba cierto número de puestos de trabajo los habitantes se empobrecían debido a su pérdida de capacidad adquisitiva.

Con la Revolución Francesa, la caída de las monarquías absolutas y la Primera Revolución Industrial, el mercantilismo perdió su razón de ser. Economistas clásicos como Adam Smith, Jean-Baptiste Say y David Ricardo revolucionaron la teoría económica introduciendo el liberalismo. A diferencia de su predecesor, el liberalismo apostaba por terminar con cualquier barrera comercial.

Esta nueva corriente de pensamiento defendió, por ejemplo, que si en Italia se producía cereal a menor precio que en Francia y en Francia se producían manzanas a menor precio que en Italia, lo mejor era permitir a los italianos comprar manzanas francesas y a los franceses comprar cereal italiano. Así, cada cual podía concentrarse en producir aquello en lo que era más eficiente y se lograba mejorar la capacidad adquisitiva del conjunto.

Algunos creen que Trump quiere dar marcha atrás en el tiempo y fundamentar la economía estadounidense en políticas de hace cuatro siglos. Pero parece difícil de creer que un empresario de éxito que ha logrado su fortuna gracias al sistema liberal ignore los beneficios del libre comercio. De hecho, cuando se analiza detalladamente lo que Donald Trump ha afirmado en su campaña se descubre que se trata de una política nada radical, sino más bien continuista.

Trump afirma que fijará aranceles a ciertos productos extranjeros para potenciar la industria nacional. La realidad es que Estados Unidos ya cuenta con infinidad de barreras económicas a la importación. Sin ir más lejos, el Presidente Obama fijó aranceles del 35% a los neumáticos procedentes de China. 

El futuro presidente de los Estados Unidos afirma que expulsará a tres millones de inmigrantes ilegales para evitar que quiten el trabajo a los estadounidenses. No es ninguna novedad, pues Bush expulsó a dos millones de inmigrantes ilegales y Obama casi ha llegado a los tres millones. 

Una de las propuestas más polémicas de Trump ha sido la de construir un muro en la frontera con México. La verdad es que este muro ya existe y que su construcción empezó durante el mandato de Bill Clinton. 

Y muchos temen que Trump paralice el tratado de libre comercio con la Unión Europea (TTIP). Pero de hecho, son los mismos ciudadanos europeos los que han mostrado mayor oposición a dicho tratado.

Es comprensible que la dura dialéc-tica de Trump alarme a sus socios latinoamericanos, pero no se deben sobredimensionar los riesgos. En cualquier caso, lejos de propagar el pánico, lo que debería hacer el Gobierno Mexicano es prepararse para aprovechar una oportunidad de oro. Si contra toda lógica Trump decidiera aplicar políticas proteccionistas, México se encontraría en una situación privilegiada para sustituir a Estados Unidos como principal socio comercial de la región. 


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