La zozobra del país

Un político se puede recuperar de faltar a su palabra, de su incapacidad, de su mediocre actuar y hasta de sus deslices verbales o amorosos.

Pero, en México, no hay político que pueda superar que se le compruebe que es corrupto.

López Portillo fue perdonado por la opinión pública de su desastroso actuar en la economía, su gusto por mujeres voluptuosas y hasta por su clásica frase donde aseguraba defender el peso como can, todo eso podía realizarlo Quetzalcóatl convertido en burócrata. Cuando salió a la luz la propiedad de Cuajimalpa López Portillo encontró mote y asilo para su futuro y destino: La Colina del Perro para recordar por siempre.

Y así recorremos al hermano incómodo o al gobernador Cara Chueca o al famoso Montiel que de la M de México paso a la M de Madrazo como dedicatoria y mensajero que lo sacó del deseo de ser presidente para caer en el pozo del eterno señalamiento.

Y así Bejarano e Imaz y todos los que pasaron -y salieron en la cámara- por la oficina de Carlos Ahumada.

La corrupción pega más que otras tropelías políticas porque atenta contra la confianza depositada. Es la infidelidad entre gobierno y gobernador, los cuernos desde el poder.

Y si la gente no entiende de números y transacciones, de acuerdos y negociaciones, sí comprende cuando alguien menciona que el político es un ladrón.

Peña Nieto y su esposa están por entrar a la percepción antes enunciada. El escándalo de la residencia de Sierra Gorda va más allá de la explicación de la actriz sobre los millones que Televisa le pagó por no voltear a ver otra televisora por cinco años y por su por su trabajo de lustros con actuaciones memorables como La Dueña o la mala de Muñecos de Papel. El conflicto de interés se montó en la dinámica de pensamiento colectivo.

Cuatro años en esa dinámica van a destruir la capacidad de negociación y de aceptación de decisiones. Un amplio sector del círculo rojo -y el empuje que hará el círculo morado- cuestionará las vías que el gobierno de Peña encuentre para mejorar el país. Siempre existirá la duda sobre otra Casa Blanca.

Por ello, la solución no es la venta de la residencia. El Presidente debiera ser más audaz e impulsar medidas que lo alejen de la idea de corrupción. Auditorías, rendición de cuentas, ir de la transparencia de discurso a la de la acción. Existen las herramientas y deben de usarse.

Podría ser el fin de un régimen de palancas arraigado. Arriesgado en extremo, pero puede ser lo único que detenga la zozobra en que entra el poder.