Voto por voto en Wisconsin

Una noticia cimbró a los medios liberales y puso a temblar a alguno que otro medio conservador en los Estados Unidos. Expertos en informática de los Estados Unidos urgían al equipo de campaña de Hillary Clinton a que revisara un comportamiento irregular en la tendencia electoral en tres entidades de ese conjunto conocido como Swing States.

Según los expertos, las peculiaridades se dieron en Wisconsin, Michigan y Pensilvania, tres estados que dieron el triunfo a Donald Trump en la elección de inicios de noviembre. La explicación es sencilla: habría un problema informático que le habría quitado a la candidata demócrata alrededor de 100 mil votos, los suficientes para voltear la elección y convertirla a ella en Presidente, la primera mujer norteamericana en romper esa barrera.

Por supuesto que el latigazo del recuerdo a 2006 llega de manera indudable. ¿Vivirá los Estados Unidos un episodio similar al que vivió México en la elección entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador?

Más allá de la especulación, las condiciones son distintas e imposibles.

Sí, el equipo de Clinton tiene la posibilidad de pedir un recuento en esos tres estados. De hecho, Michigan aún no otorga el triunfo a Trump por lo cercano de la votación entre ambos personajes. Aun con ello, el resultado no cambiará y la historia quedará como una bonita anécdota.

No, no por miedo de la reacción republicana o de Trump, sino por una realidad: el sistema electoral norteamericano es tan endeble que una ventisca de este estilo desmoronaría la muy poca credibilidad que tiene. Uno escucha la historia de que la democracia estadunidense es moderna y fuerte, pero los comicios recientes han probado todo lo contrario.

Las elecciones de George W. Bush del 2000 y 2004 se vieron envueltas en escándalos e indecisiones. Para Trump, la diferencia entre el voto electoral y el popular –donde Hillary le lleva la delantera por más de dos millones- lo deja en un terreno endeble, más aún cuando sus virajes de opinión se dan de formas tan violentas que ya no se sabe cuál es la postura que prevalecerá en enero de 2017.

La democracia norteamericana está enferma, pero conservan la frialdad de pensar en el problema económico y la mayor división social que ocasionaría un recuento donde, probablemente, no cambiaría el resultado final.

Así que, por más poético que parezca, el final feliz de los Clinton no llegará. Tristemente, tampoco llegará el de Donald Trump en la Presidencia del país más poderoso del mundo.