Los presos de Peña

Los presidentes mexicanos pasan por la cárcel. Eso sí, no para cumplir condenas por actos de corrupción o pagar culpas de mal gobierno, sino para lo contrario: legitimar sus acciones o, incluso, todo su gobierno.

Los ejemplos son bastos. Tan sólo en los sexenios más cercanos, los presos a modo se han dado de formas peculiares y hasta cínicas. Miguel de la Madrid llevó a la cárcel a dos de las personas más cercanas del José López Portillo: un Jorge Díaz Serrano que perdió la jugada política contra el gris presidente y Arturo Durazo, jefe de la policía que personificaba la corrupción y la impunidad.

De la Madrid no vivió esa persecución con Salinas. Los miembros de su gabinete no pisaron la cárcel puesto que don Carlos tenía en la mirilla a peces distintos. Por un lado, decapitó al sindicato petrolero al apresar, en calzones y sin entender a bien lo que pasaba, a Joaquín Hernández Galicia. Junto con La Quina se entambó a toda la plana mayor sindical. De hecho, tuvieron que regresar de la muerte laboral a un esquirol que comandara al STPRM hasta la llegada de Carlos Romero Deschamps.

Junto con La Quina, llegaron a reclusorios cantantes y empresarios como ejemplo de que se perseguiría a todos. La persecución se acabó cuando, pese a apresar a hoteleros, no daban con asesinos de perredistas.

Fox fue más cínico. La persecución judicial sería más sangrienta y brutal con el caso el Encino más los videoescándalos que, ya, cumplen una década. De hecho, el primer presidente panista dejó ir a los que él consideraba peces gordos por cacahuates que no funcionaron.

Ahora (Calderón se legitimaba entre chalecos contra balas y cuerpos ensangrentados) Peña realiza una estrategia clara de control y exponenciación a partir de sus detenciones.

Hace un año, la detención de la maestra Elba Esther Gordillo catapultó una popularidad que se desinflaba. Funcionó durante un periodo corto de tiempo pues, en política, los resultados se oxidan entre la saliva que los reconoce en el corto plazo.

Con algunas capturas como el Z40 se oxigenó lo suficiente para llegar al 22 de febrero donde, de las cloacas, salió un Joaquín Guzmán enojado por la captura o, acaso, la traición.

Ahora, Peña tiene unos meses para apuntalar las reformas y leyes secundarias. Mucho menos meses de los que tenían sus predecesores. La actividad social en redes y en la calle aceleran el proceso de oxidación. Lo lógico sería que, tras Elba y el Chapo, el siguiente en caer sea un empresario o un político. Algunos pensarían en Gastón Azcárraga. Ahora, con el caso Oceanografía, la baraja cambia y se dirige no hacia San Francisco del Rincón, sino hacia Campeche.

A ver si no naufraga el recuerdo del amigo más querido de Felipe.