Me lleva la Bergoglio

Habría que aceptar que al jefe del Estado Vaticano no le cae bien la actual administración priista.

Jorge Mario Bergoglio podrá ser calificado de todo, menos de tonto. Supo cómo mover las aguas dentro del cónclave para que los otros cardenales lo voltearan a ver como la opción para suceder a Benedicto XVI. Antes de eso, cruzó la marea revuelta de la populista política argentina donde Cristina y antes Néstor fungen como capitanes de un mar picado.

Así, Francisco ha hecho un papado singular donde parece que sus contradicciones son descuidadas aunque, si somos honestos, es una forma demagoga de quedar bien con todos sin comprometer los preceptos religiosos. Carismático y con imán, el Papa leyó bien la necesidad de su iglesia en un siglo donde la credibilidad está en entredicho.

Por ello, hay que saber con quién se juega si se desea preservar dicha credibilidad.

Desde mediados de 2014, comenzó el coqueteo del gobierno mexicano para traer a Bergoglio a México. Las actividades del Pontífice ayudaban en el objetivo. Un viaje a Estados Unidos era el pretexto perfecto para que hiciera una escala que daría oxígeno a muchos, incluidos aquellos cuyas casas blancas se manchaban de culpa.

Algo falló: el Papa dijo que los problemas de agenda le hacían cancelar unos días de visita a la costa este norteamericana. Las especulaciones sobre los motivos que abortaron la idea fueron múltiples. Esta semana puede que la respuesta se diera con una carta conocida en Argentina.

Un amigo del jefe del Estado Vaticano cometió una indiscreción y publicó una comunicación donde el cardenal Bergoglio le mostraba su preocupación por la posible “mexicanización” argentina.

Seamos menos ingenuos por dos minutos. ¿En realidad un amigo publica conversaciones privadas de forma tan ligera? ¿No será más bien una petición de un amigo a otro para que dé a conocer su plática para, con ello, entender su actuar?

No dudaría que Francisco le pidiera a su camarada que filtrara la conversación, era una forma elegante de dar a conocer las verdaderas razones de su ausencia en suelo mexicano.

Y no, no es la violencia lo que teme, sino el legitimar la violencia causada con la complicidad o indiferencia del gobierno mexicano. A esto, agreguen las declaraciones del cardenal de Zamora y tendrán una idea clara de la molestia eclesiástica.

Molestia a tres meses de las elecciones. Elecciones que bien valen una misa.