Siete días

La Torre Trump es un lugar cutre desde el reloj que se encuentra en la entrada. Aflorada en el estilo Art Nacò de los años 70 principios de los 80, el edificio de 60 pisos es el ejemplo de lo que nos espera a partir del próximo viernes.

El habitante pidió expresamente que la torre reflejara su personalidad vacía y frívola. Su casa –ubicada en los últimos pisos de la edificación- es un espejo de lo que hay sesenta pisos abajo: oro que cubre, disfraza la vacuidad, oropel de la ignorancia.

Ese ignorante sedujo a millones de norteamericanos que, engañados con una idea de poca productividad y futuro, votaron por él y su partido. El mismo que no entiende de derechos humanos, de razas, de uniones universales o de drogas.

Al igual que su torre, a Trump le gusta reposar viendo a la gente hacia abajo, desde sus ventanas, su avión, sus puestos. Desde arriba, ideó la forma de quitar intermediarios para crecer su fama, su fortuna, su poder.

Le funcionó.

Con sus asegunes.

Impuesto por la minoría defendida por un obsoleto y rebasado colegio electoral, el pelucón apuesta por nuevos aliados que causan desconfianza y sus adversarios advierten que sus devaneos están capturados en teras exactos que guardan en el Kremlin.

México pagará un muro que Trump construirá no porque crea en ello, sino porque lo desean sus simpatizantes como prueba que alguien debe pagar su sueño americano oxidado por la realidad.

Construido desde la ficción, la presidencia que comienza en siete días será la más penosa, más antidemocrática, más cerrada, más vulgar, más ignorante, más injuriosa, más lastimosa para los Estados Unidos y para el mundo.

En medio, México tiene un gobierno que trata de avanzar pero que, al lado de Canadá y Japón, se encuentra rezagado en la oportunidad de explicarle a un ignorante que cerrarse le traerá problemas, conflictos y guerra, no con estos países sino con sus ciudadanos. Convertir a una raza en enemigo no trae parabienes sino pesar. Él no quiere entenderlo.

Eso será en una semana. Mientras, Obama realiza su gira del adiós en espera de que los americanos lo extrañen. No, no se va: se queda como la contraparte de un Trump que se dará con alguna pared y, en ella, estará el nombre escrito de un presidente con claroscuros, pero que trabajará para regresar a la Casa Blanca del brazo de Michelle.

La proeza que Bill no logró realizar.

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