Sabuesos

La presidencia de la República puso sabuesos para que investigaran sus propiedades. Lástima que no tengan dientes.

Casi 90 días tardó el gobierno de Enrique Peña Nieto en accionar medidas que fueran torniquete a la sangría causada por Carmen Aristegui y su misil a la credibilidad del gobierno. Tarde y mal -como en Ayotzinapa-, el camino fue el lavado de cara y manos para, después, ponerse guantes.

Peña insistió en que no había conflicto de intereses y enfatizó que la Presidencia no hace contrataciones ni licitaciones. Primer error: es sabido que, en México, el poder siempre tiene la última palabra. Vivir en la historia de que la preferencia del Presidente, el gobernador o hasta el presidente municipal no tienen un voto de calidad hacia proveedores en proyectos específicos es no entender esa falla del sistema. Más aún, no aceptar que existe esa percepción es cavar más para el entierro de la credibilidad.

Pedir investigaciones tres meses después en lugar de hacerlo de forma inmediata aumentó las inquietudes, pero también puso en relieve hasta donde se podía estirar la liga de la impunidad hacia otros actores. No quiero decir con esto que las casas de Peña, Rivera y Videgaray sean producto de la corrupción, pero el retrasar tanto la auscultación de ellas es ejemplo a seguir de otros personajes en el país (sin tanto reflector, pero con peso y poder locales) que pudieran incurrir en actos inmorales.

En realidad, el daño del episodio de Sierra Gorda, Malinalco e Ixtapan no es solo a la popularidad y credibilidad de Peña, su secretario de Hacienda y su esposa, sino que el retraso dio el camino a caciques locales y estatales sobre el reclamo de rendición de cuentas de la sociedad.

No es poca cosa: periodistas y activistas en diversos estados del país tendrán menos protección ante la ignorancia o descuido en la respuesta gubernamental.

La selección de un secretario de Función Pública -secretaria que estaba en la lista de dependencias a desaparecer desde hace seis años- debía ser meticulosa. Al parecer, nadie se lo dijo a Virgilio Andrade que, en su primera aparición, se empequeñeció y mostró un júbilo inusual para alguien que, en su papel, debe de perseguir a su jefe. ¿Cómo creer que Andrade hará bien su trabajo si su rostro mostraba un infinito agradecimiento por el hueso otorgado?

El episodio de la Casa Blanca acabará con un “no lo volveremos a hacer” que se repetirá la próxima vez que algún político sea sorprendido con las manos en la masa.

Lo dicho, estos sabuesos no morderán. No obstante, hay otros en espera de devorar a Marcelo Ebrard como muestra de combate a la ineficiencia y la corrupción.

Sabuesos en pos de carne. Enemiga, pero carne al fin.