Rosa de dos aromas

El caso de la Gran Familia abre todo tipo de especulaciones e interrogantes. Muchas de ellas han sido hechas por intelectuales y periodistas en los últimos días. Pocas han sido contestadas con celeridad y por los personajes adecuados.

Sí, el operativo militar y policiaco que intervino el albergue de Rosa Verduzco fue desproporcionado ante los habitantes del recinto.

Pareciera que la PGR esperaba encontrar algo más grave y profundo en las instalaciones -lo que contrasta con los alegatos de una profunda investigación de siete bimestres antes de tomar la decisión-. De la misma forma, se platica con alarma los casos de las zonas de castigos conocidas como Pinocho y Pocito, ambos documentados, pero de los que no hay imagen, cosa contraria a pasillos, recámaras, patios y comedores del lugar.

Pero, sobre todo, surgen tres grandes preguntas en el caso de la Gran Familia.

Rosa Verduzco no podía ser encarcelada por las reservas de ley a los adultos mayores, pero sentenciarla al asilo bajo los preceptos de senilidad parece ser hasta vengativo. Testimonios de personas que platicaron con **Mamá Rosa apenas horas antes de su detención afirman que Verduzco estaba cansada, pero no senil. ¿Cuál es, entonces, el interés de declararla incompetente mentalmente? La hipótesis más cercana es el evitar evidenciar el error.

Después de esto, viene la ignorancia gubernamental. Los gobiernos federal y estatales usaron el albergue de la Gran Familia no como su salida, sino como su basurero. De no ser así, ambos hubieran invertido no sólo en recursos para los internos, sino en la supervisión del buen uso de los mismos. Acusar a Rosa Verduzco de obligar a los niños a pedir limosna es un tiro en el pie al gobierno que, desde siempre, la usó como una salida fácil a su incapacidad de dotar de cuidado y educación a todos los que han pasado por ahí. Olvido de décadas, entonces.

Tan sólo en Jalisco, Emilio González envió a dos centenas de niños a Zamora como rápida solución para tapar su mediocre función de desarrollo social. Emilio tenía recursos, pero prefirió usarlos en una justa deportiva -que lucía para sus locuaces deseos presidenciales- que en la primordial misión de un gobierno: ver por la infancia.

Para terminar, ¿Cuántos lugares así existen en México? Probablemente no lo sabremos. Lo que es muy probable es que muchos de los niños de la Gran Familia caigan, de nuevo, en albergues con similares condiciones.

A ver cuántos militares mandan a esos...cuando necesiten una nota escandalosa.