Políticos opacos

Pareciera requisito, pero esta generación de políticos es opaca, sin lustre, con pocas luces para dar certidumbre.

Durante décadas. Los políticos mexicanos salían del mismo molde creado por la revolución. Fueran militares o civiles, presidentes, secretarios de estado, gobernadores, diputados y senadores vestían, hablaban y se movían en un guión perfecto que, aderezado con la esencia personal, construían al tótem autoritario que controlaba la sociedad.

Nombres como Calles, Cárdenas, Alemán, López Mateos o López Portillo remiten a hombres poderosos que, desde su esencia, edificaban el estilo personal de gobernar. Todos, eso sí, con el nutriente similar.

Las cosas cambiaron en los noventas. La división entre los políticos se ensanchó. Inteligencia contra carisma, ocurrencia contra tecnicismo, bigote contra análisis. La encuestas como retrato aceptable del triunfo anticipado del próximo gobernante.

Había un Salinas pero, a la vez, un Colosio, un Pancho Barrio que borraba a un Baeza, y Ramón Aguirre aplastado por Vicente Fox.

En esos noventas surgen de forma nacional no sólo Vicente, sino una jauría que movería piezas clave como Alberto Cárdenas.

Y llegaría el momento de López Obrador.

AMLO creó todo un mito a su alrededor. Dichos, hechos, vestuario y peinado. Frases y ademanes. El estilo tropical de hipnotizar a su audiencia. Si Fox creó frases y momentos hilarantes, pero su personalidad creó el magnetismo necesario para ser el ícono a seguir en la destrucción de la continuidad priista. Eso era Fox, López Obrador era cercano, simpático, ocurrente y cíclico. Eso le ganó adeptos y, casi, la presidencia.

Hoy no existen esos políticos. La generación actual es fría, matemática, lejana a la sociedad.

El Pacto por México, más que una solución a la inmovilidad de los personajes de la política, se ha convertido en el ejemplo del arreglo cupular, donde ellos se ufanan de su acuerdo, pero no pueden comunicar que es para todos.

Su grisura no afecta sólo su carrera, sino también al desarrollo. La falta de credibilidad hace que los apoyos sean magros. Una sociedad que no cree a los políticos es terreno fácil para dos cosas: la inmovilidad –que lleva a regímenes autoritarios– o la revuelta.