¿Podemos?

La elección del fin de semana en España dejó a un Partido Popular herido y a una Izquierda Unida aniquilada. Pero ¿llevó a los ciudadanos al poder?

La pregunta no es ociosa en México. La discusión de la semana -además de la incompetencia en construcción en Acuña y el caso Tanhuato- es sobre qué tan conveniente es el voto nulo para la elección del domingo 7. Las voces están divididas. Estudiosos del voto de la UNAM y del CIDE insisten en que el voto nulo no sirve para nada. Otro sector insiste en que lo que no funciona es un sistema de partidos donde las salidas son opciones caducas, corruptas o lejanas a las necesidades de una población cada día más traicionada por la caquicracia.

De ahí que las candidaturas ciudadanas hayan sido vistas como la pureza convertida en opción. El fenómeno no solo se da en México, creció a niveles serios en España y logró que Podemos tuviera ganancias importantes en porciones cruciales del pastel político español.

Pero, al final, Santiago Roncagliolo sintetizó en un artículo en El País la verdad: como el primer amor, uno se desengaña con Podemos que, después de todo, no es otra cosa que un partido político.

“Podemos ha matizado -dice el escritor- su programa radical de las elecciones europeas. Ha evitado concurrir con su marca a las elecciones municipales. Ha eludido definir su programa de las autonómicas hasta semanas antes de la votación, cuando ya no queda tiempo de analizarlas. Se ha sacudido de encima las voces incómodas como Juan Carlos Monedero y, en general, ha tirado de eslóganes que suenan muy bonito, pero no comprometen a nada”.

Tuve la oportunidad de platicar con Jaime Rodríguez El Bronco. De estilo desafiante, casi grosero, Rodríguez me parecía aire fresco para un ambiente sulfurado dentro de la elección neolonesa. Pese al descarado apoyo que recibe de Grupo Reforma y el ataque igual de abierto de Multimedios, El Bronco parecía alguien que podía dar una lección de nueva política a través de redes sociales.

Luego de hablar con él, el desencanto. El Bronco recitó tres o cuatro lugares comunes como “barrer con la corrupción” y “acabar con la maldad”, pero no expuso caminos y estrategias reales para ello. Populista en botas, Rodríguez pretende ser moderno, pero el ropaje podría caerse a la primera como se le caería a cualquier político. Al final, él y otros candidatos ciudadanos (aunque lo nieguen y se vistan de alternativos debido a su estrategia de campaña) terminan por ser eso y, al igual que los otros participantes de la contienda, debieran ser más cercanos a la necesidad de la ciudadanía y no a la ambición del poder que les ayude a comprobar sus teorías políticas.

Y si me lo preguntan: Sí, como en 2009, la opción no es el voto en blanco. Tampoco estos partidos y estos candidatos.