Peña, no MAME. Año 1

Esta semana se cumplió el primer año de gobierno de los dos políticos más poderosos del país electos por el voto popular.

Enrique Peña Nieto, a primera vista, no las tiene todas consigo. La luna de miel con medios y poderes fácticos terminó de forma veloz. La reforma educativa funcionó para posicionar a un presidente con cero concesiones a enemigos políticos y con una gran memoria para recordar a quienes habían hecho perder el poder a su partido.

La reforma de telecomunicaciones fracturó la alianza con los medios.

Algunos de ellos, en seria competencia por las señales televisivas que se pondrán a subasta, han modificado su línea editorial para dar un tratamiento más suave a las acciones de presidencia. Comunicadores, antes combativos y transgresores pese a sus imprecisiones y falta de rigor, bajaron el tono para convertirse en voceros tibios de logros y metas. Otros medios, en contraste, han sido más cautelosos en espera de las leyes secundarias.

La reforma fiscal llevó al divorcio de la clase media. Las amenazas de gravar colegiaturas y medicinas alertaron a un sector que es liberal en su pensamiento político, pero altamente conservador en el económico.

El golpe a la cartera de la clase media -que, de una forma u otra, quisiera ser clase alta- fue aprovechado por el PAN para reposicionarse en el nicho como el partido que vela por sus intereses.

Aún ahora, la reforma política y la energética costarán puntos hacia Peña en el círculo rojo y será la prueba de fuego para López Obrador -desde el hospital- como contrapunto de poder.

En todo caso, Peña lleva un camino volteado de sus antecesores. Cada uno de ellos ha usado el primer año de gobierno como un periodo de luces, para ir cuesta abajo en los tiempos siguientes.

Peña pareciera quiere el camino al revés: no causar o decepcionar grandes expectativas para, en adelante, sólo poder crecer. Todo, luego de dividir el costo político con las cúpulas del PAN y el PRD.

Ecuación perfecta: pérdida para todos, ganancia para uno.

2014 nos aclarará si ese es el camino que escogió Peña.

Caso contrario es Mancera. El Jefe de gobierno sacrificó todo -alianzas, opinión pública y hasta popularidad- para convertirse en un gobernante gris, reactivo y lento. La antípoda del político moderno.

Sin pacto, sin alianzas y sin respaldos políticos de izquierda, Mancera ha corrido a refugiarse en el gobierno federal.

Mancera, el primer regente del siglo XXI.