P-u-t-o

En el vuelo de ida a Brasil, en el asiento adelante de mí iba una pareja de hombres. Ambos, a mediados de sus veintes, se notaban enamorados. Sí, se pelearon en la subida de maletas y se hicieron caras en algún momento. Lo normal para una pareja de casados que regresan de las vacaciones.

En el aeropuerto de Río, fueron recibidos por sus familiares. Se notaban felices de ver a la pareja de nuevo en el hogar. Entusiasmados de las pláticas que podían desarrollarse de la terminal aérea a la casa. La pareja no tuvo reparo en besarse enfrente de los pasajeros y de los familiares.

Ninguno se inmutó.

La libertad sexual en Brasil se convierte, de pronto, en uno de los atractivos para el turismo. Libertad que no permite, eso sí, el comercio ni la trata. Todos los hoteles de Río tienen anuncios muy visibles donde alertan de las penas corporales para quien fomente, consuma o encubra el sexo servicio de menores.

Pero la libertad no se basa sólo en las posibilidades de sexo o encuentros furtivos, sino en la aceptación de diversas formas de familia. En un país con una carga religiosa tan presente y tan potente -la imagen de Cristo que cuida una ciudad no es sólo alegórica, sino tatuada en la psique de la población- las familias homosexuales son legales y aceptadas por la mayoría.

En México, la historia es otra.

Los homosexuales siguen como ciudadanos de segunda, las muestras de cariño son perseguidas y legisladores han decidido que el dinero público debe usarse para aplastar cualquier intento de normalizar las familias homoparentales. Nada de esto pasaría de tener una sociedad madura y reflexiva sobre qué tipo de parejas y familias existen alrededor.

El Senador Martínez es responsable de crear una comisión, pero lo hace bajo la idea que hay un sector amplio de la población que apoyará su idea.

Tristemente, tiene razón.

La FIFA comenzó una investigación sobre el uso de la palabra PUTO en las celebraciones mexicanas en estadios. El repudio ha sido amplio.

Pocos han hecho la reflexión sobre de dónde surge el insulto -que lo

es- y sobre quienes, fuera de un estadio, es utilizado.

Mientras la ligereza en el uso de palabras como puto sea admisible en México, más lejos estaremos de ver normal como sociedad parejas como la del avión de Brasil.

Y sí, más crece de verlos como ciudadanos clase B que no merecen ser defendidos con dinero público como un tipo de familia.

Qué putería.