Malas compañías

28 días.

 

Las calles del país se llenan de impotencia y dolor, de rabia y de ira, estudiantes y maestros, mujeres y hombres, albañiles y doctores marchan para pedir que aparezcan, que el Estado no deje pasar la oportunidad de demostrar que aún es útil, funcional, que no es un barco lleno de ratas que no lo abandonan porque desean devorar hasta el último pedazo de carroña en que se ha transformado la tripulación.

En el gobierno, cada quien desea salvar lo poco que la torpeza les ha dejado. Un procurador informa lo evidente y, con poca paciencia, regaña a la prensa por hacer preguntas incómodas. Un gobernador alarga su agonía para hacer más cara su salida. Senadores viven dos siglos atrás y, en un desesperado acto de pantomima, crean una comisión que viaje 150 kilómetros de sus curules para ver si hay poderes porque la desaparición de ciudadanos, la quema de edificios de gobierno y la huida de ediles no es prueba suficiente de la inestabilidad.

En la marcha, los activistas. No los que en la zozobra de la pérdida se transforman en eso, sino los que viven del reflector y la pose. Ahí está el que usa de forma indistinta su espacio semanal en Televisa para discusión o ligue, el opinólogo que toma fotos para su cuenta de Twitter y, así, demostrar que le importa la ciudadanía, la locutora que se suma a la indignación y publica fotos tomadas desde los balcones de Palacio Nacional (!) y hasta la que apoya el grafiti en el Ángel de la Independencia a partir de una conexión de Internet en Itacca, Nueva York.

También ahí, escondidos pero listos para saltar, los oportunistas. Los que apoyaron a Abarca, a Aguirre, al cacique de Iguala que recomendó al huido alcalde para el puesto por quien sabe qué razones, a quienes amenazaron con levantarse del pacto que cambió la fachada del país si se tocaba el STATUS QUO guerrerense, a los que hablan de cambiar las instituciones, pero mandan por dedazo en sus nacientes partidos, los que hacen videos y se vuelven opositores porque su apuesta política anterior fue arrollada, los que pintan de forma estratégica la consigna  “fue el Estado” en una esquina de la Plaza de la Constitución fotografiada por una webcam, pero olvidan poner un apartado que informe que, en ese Estado, también están ellos.

Y, en el retrato de la tragedia, alguien se toma selfies que sube a su página web.

¿Dictadura Perfecta? La realidad siempre supera a la ficción.