Lecciones en la Narvarte

El asesinato del fotógrafo Rubén Espinosa y cuatro mujeres más es terrible, no solo por la sospecha e indicios sobre las motivaciones del mismo sino, también, por el elefante a la mitad de la sala del que nadie quiere hablar. De hecho, varios elefantes.

Durante semanas, Espinosa transitó por medios alternativos como Rompe Viento para platicar el acoso del que fue víctima por parte del gobierno de Javier Duarte. Su pecado: fotografiar la poco afortunada figura del gobernador y su abdomen prominente. A Duarte le duele el físico, ha bajado de peso con fuerza de voluntad pero también como condición que lo aleje de la burla de medios y sociedad en general. Espinosa fotografió el traje nuevo del emperador y le costó, si no la vida, la tranquilidad de vivir en su estado al lado de su perro Cosmos.

Ya en DF, el fotógrafo insistió en el acoso y el gremio sólo pudo escucharlo. Nada más. Espinosa era colaborador de Cuartoscuro pero sin los privilegios de una planta. Sin dinero seguro y con trabajo a salto de mata, el fotorreportero tuvo que buscar defenderse con sus propias uñas. Tras la tragedia, los medios en que denunció y trabajaba denunciaron el acoso, pero olvidaron la parte fundamental de reconocer el descuido que se tuvo a la persona. Varios son los testimonios que relatan cómo Ruben pidió refugio a más de uno. Si existieran mecanismos y resortes de defensa a periodistas por parte de reporteros y activistas organizados, esto podría evitarse.

La Procuraduría del Distrito Federal -ese monumento a la incredulidad- abrió todas las líneas de investigación posible. De forma tramposa, filtró a la prensa que el robo sería la línea más sólida. Robo a partir de una fiesta que se salió de control. Ruin, la justicia metropolitana cargó la conclusión hacia una percepción perversa. El problema es que en las redes, la idea es la contraria.

Ninguna investigación puede llevar a buen término en caminos de poca credibilidad. La red ha juzgado a Javier Duarte como responsable. La filtración de la Procuraduría no ayuda en nada. ¿Cómo creer en la versión de que el reportero solo estuvo en lugar y tiempo equivocado si convenía tanto que muriera?

Y, entre los muertos, una empleada doméstica de la que solo se sabe el nombre de pila. Reflejo de cómo en esta sociedad sí hay ciudadanos de primera y de segunda, en la forma en que contratamos, ya sea a un fotógrafo freelance o a una empleada doméstica.

 

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