Un poco de Islandia

Todos, en los últimos días, han escuchado hablar de Islandia. Sí, ese país que, pese a su quiebra financiera, sus noches blancas y su frío congelante, puso el ejemplo en la Copa Europea de Futbol de cómo hacer mucho con menos propaganda, más trabajo en equipo y la solidaridad de una población ávida de un triunfo luego de los embates económicos de hace menos de una década.

Muchos lanzaron la típica y malinchista pregunta de “¿Por qué no somos como Islandia?”. La respuesta debiera dividirse en dos.

Somos mejores que Islandia en muchos factores, pero mucho peores en los aspectos que tienen el foco de atracción de la opinión pública.

Tenemos peores políticos. Todos peleados, todos en busca de la nueva oportunidad de hacerse más ricos ellos y sus aliados -aunque digan que no, el sueldo gubernamental de una burocracia disfuncional da riqueza a los achichincles de sus diputados locales-, todos intentan generar temas e iniciativas de relumbre, pero de poca efectividad -todos son ya pro presupuesto participativo, todos contra el fuero, todos defensores de la 3de3, todos a favor de una movilidad alternativa y todos a favor de referéndums. Eso sí, ninguno con opciones reales e ideas novedosas que combatan la iniquidad, la pobreza, la corrupción de a de veras, el reparto más adecuado de riqueza y el pensamiento que combata la opresión y la discriminación-.

Tenemos medios en peor condición. Prensa vendida, no a una ideología sino a una caja famélica ante la ausencia de anunciantes que voltean a ver otras formas de publicidad ante la huida de lectores que prefieren las redes que lo impreso. Algunos de estos periódicos, adalides de la verdad de la Macroplaza ficticia de sus instalaciones para afuera, chantajean y usan la misma dinámica de lo que dicen ser distintos, esto ante el fracaso de atraer nuevo público a sus plataformas digitales pagadas.

Activistas en mutación. Aquellos que se pelean y distancian de sus amigos de siempre porque cambió la moneda de cambio que los mantenía en compacto grupo. Ahora, de pastelitos a burocracia, los bandos se dividen en mercadotecnia.

Y a la mitad de ellos y una condición de pobreza alarmante, una población que espera, ya no tan paciente, el siguiente ciclo electoral.

Las porras del resultado seguro serán tan estruendosas como las de Reikiavik.

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