Hermanos y amigos

Como algunos de ustedes saben, tengo tres hermanas a las cuales les tengo gran admiración. Ejemplo de talento y astucia, las tres son mujeres ejemplares y exitosas. Estoy seguro de que ellas han de pensar y sentir lo mismo por mí.

Una cosa es cierta, nunca nos hemos visto como trampolín ni como cofradía para joder la vida de otros. Las veces que puedo convivir con ellas -cosa cada día más difícil por tiempo y distancia- nuestros trabajos no son tema.

Ninguna de mis hermanas me ha pedido ayuda profesional y, en sentido contrario, he procurado no usar sus influencias para ascensos profesionales.

Esto es cosa poco común en México, más aún en la política.

Hermanos, padres, hijos, sobrinos, orgullos del nepotismo que se alimentan del favor profesional o existencial de un miembro del clan. Me viene a la mente un par de hermanos, uno más pendejo que el otro que, eso sí, aprendió la mala arte del robo y la extorsión a través de los medios. El tonto chupa del éxito -si así se le puede llamar- del corrupto, se escuda en él y muestra sus limitaciones cada vez que puede. Se siente intocable, obvio, bajo la capa de la impunidad de su pariente.

Y así para adelante: los hijos y hermanas de López Portillo, la esposa de Echeverría, el hijo rockero de Díaz Ordaz, el hermano incómodo de Salinas, los hijos de Marta y los que se me fueron en la lista.

La experiencia es amplia pero, de pronto, nos gusta juzgar antes de tiempo y desde la fantasía.

Ahora, la historia es que la hermana de un ejecutivo de una televisora ha llegado a un puesto clave del gabinete federal solo por su parentesco. No se investiga ni se cuestiona si los hermanos son cercanos -al parecer, no es así-, si la señora tiene capacidad o si tiene ideas nuevas para un puesto que no ha servido en décadas.

Sí, en décadas: el Nintendo de Carpizo, los demonios de Ruiz Massieu que tronaron a Valadez, la Paca de Lozano, el Encino de Macedo, el Estado Fallido de Medina Mora. Y aún me faltan.

Pero la obsesión por Televisa hace que el punto de los críticos se invalide. Su reiterado fanatismo por encontrar en poder en Chapultepec 18 inhibe su capacidad de análisis a niveles donde el rigor periodístico los deja en ridículo, penoso en extremo.

El riesgo de escribir con la fobia puesta de bufanda.