Finito

El sexenio acabó en un viaje entre México y Canadá. La prioridad (casi frívola) del gobierno del Presidente Peña de asistir a los festejos de la toma de La Bastilla en grupo, más como viaje de amigos en festejo de graduación que visita de Estado, se descarriló ante los acontecimientos del sábado pasado.

Durante los días siguientes, el gobierno federal ha intentado llevar el discurso a terrenos donde la opinión pública pueda distraerse en asunto de ingeniería y terror. Los políticos encargados de la seguridad refieren al túnel de El Chapo con tintes de asombro y salpicones de admiración. La disimulada adulación hacia el ingenio mexicano que se chingó al portento en seguridad que era El Altiplano, la cárcel donde Aburto enloqueció al tener un foco prendido 24/7 sobre su cara ante el temor de Salinas de que intentara suicidarse.

Almoloya -o La Palma o el ahora tibio Altiplano- era la joya de Juan Pablo de Tavira. Estricto hasta lo perverso, de Tavira instituyó las prácticas casi inhumanas para los reclusos. Prácticas que dejarían marcas y rencores que, podría ser, le costaron la vida al ex director.

Ahora, la cárcel de Alta Seguridad es una sombra de la modernidad que presumía su ex director. Descuidada, oxidada y con condiciones precarias, el Altiplano se acerca a la situación de otros reclusorios del país con la diferencia de que la corrupción impide los lujos.

Los lujos, pero no las fugas.

Fugas que se maquillan a partir de la diferenciación. El subtexto del discurso oficial de la fuga es la descalificación de El Chapo Guzmán. Asesino y criminal, ente nocivo para la sociedad, truhán que burla los convenios sociales son parte de los adjetivos que, desde el lunes, insisten en volver la única verdad. La razón: el antihéroe gana en popularidad a los liderazgos gubernamentales. El Chapo gobierna el ideario colectivo ante la oxidación de liderazgos institucionales. Ese es el golpe más fuerte a un gobierno debilitado en todos los flancos.

Ahora, la operación cicatriz es complicada y casi imposible. La amputación de un precandidato del PRI a la presidencia para incluir a un Pepe Calzada como nueva cabeza de la seguridad sería solo un curita ante una gangrena de credibilidad -que no de popularidad- de un grupo que perdió la brújula una vez más a la mitad de un vuelo transoceánico.

Las otras posibilidades de resarcimiento son muchos más complejas: desde la reingeniería del gobierno hasta la recaptura de El Chapo. Por increíble que parezca, para este gobierno es más fácil la segunda.

Así de perdidos.