Digan mi verdad

Es un martes en la mañana en Nochixtlán, Oaxaca. Pobladores de la comunidad y simpatizantes de la CNTE siguen bajo la tensión de los sucesos del domingo. Por un lado, con la importancia de saber que la policía federal accionó armas de fuego contra su manifestación. Por el otro, ante la zozobra de que su pueblo se ha convertido en botín político para gente que ha visto el movimiento magisterial como el gran pretexto para llevar agua a su molino. Pretexto que ha sacudido a Oaxaca en los ochenta con De la Madrid, en los noventa con Zedillo, en el siglo XXI con Fox y, ahora, en la era de las reformas de gran calado de Peña.

Ahí, un par de reporteros enviados para consignar de forma directa lo que pasó el fin de semana pasado es retenido. Los activistas -que no los pobladores- condicionan su liberación: un cuarto de hora en horario estelar de la televisora en la que trabajan a cambio de liberarlos.

En cualquier país del mundo, eso derivaría en una condena colectiva, general ante la privación de la libertad de un par de trabajadores. En México, el gremio periodístico se divide y hay quienes -sí, es en serio- lo celebran. Es la oportunidad de escarmentar al imperio mediático.

La violencia que se justifica por ideología. La estupidez en la red.

Los mismos que celebran no reflexionan, ni siquiera conocen la cobertura o las notas emitidas. El camino sencillo de la descalificación del medio electrónico es no sólo más sencillo, sino que deja mejores dividendos a la causa electoral.

Porque, seamos honestos, si bien la desconfianza en los medios tiene ejemplos que justifican la suspicacia, también hay quien utiliza dicha percepción para su beneficio político, para sacar raja para el siguiente salto en las urnas. Conforme se acerca el siguiente paso de campaña, la descalificación crece y los mecanismos de señalamiento -justificados o no- son usados no para el buen social, sino el del grupo político o individual de quién lo pregona.

Los medios deben ser censados por la sociedad, su función informativa y de entretenimiento debe ser constantemente revisada, pero sobre bases sólidas, no a partir de percepciones creadas para el beneficio político de alguno de los frentes que, desde hace lustros, luchan por el poder en México. Percepción que, al final, termina por destruir a los mismos que la usan para llegar a la silla, cualquiera que ésta sea.

En el mismo Oaxaca, fue asesinado el domingo un periodista al que no defendieron los típicos paladines de la justicia por la libertad de expresión. Habría de preguntarles si su muerte no es igual de indigna que la de los reporteros en Veracruz o Tamaulipas.

La respuesta está en la causa compañero, en la causa.