De Covián al Zócalo

Los secretarios de Gobernación siempre han aspirado a cambiar de palacio. Muchos ven al reloj chino de Bucareli como un recordatorio de la paciencia como virtud política hacia nuevos derroteros en un sexenio. Paciencia que debe de practicarse con mano izquierda, paciencia o cinismo, ello conforme a la personalidad de cada uno.

Osorio Chong ha tratado de zafarse de la historia de secretarios de Gobernación que, más que pacientes, son ineficientes o incapaces ante las fauces de Los Pinos.

Una revisión rápida de habitantes del Palacio de Covián da una idea clara de ello.

Luis Echeverría es el ejemplo del advenedizo en Gobernación. Aliado de un duro y miope Presidente, Echeverría tenía las llaves para desactivar el conflicto de 1968. Pero la paz pública acercaba al ministro de Hacienda a Los Pinos y, en cambio, un político eficaz para tener al país en control podía ser más necesario en tiempos de conflicto. El sello de Echeverría en Gobernación sería, también, el sello de su mandato.

Mario Moya Palencia corrió con esa suerte: Echeverría cargó con los costos políticos para darle paso a su príncipe López Portillo a la Presidencia. Su actuación fue institucional, lo que lo llevó a perder todo pese a la cercanía del triunfo. Aún así, el Halconazo y Excelsior son sus bemoles más recordados.

Jesús Reyes Heroles aprovechó y mientras López Portillo administraba la abundancia despegó la política. Creó condiciones y abrió puertas que, años después, ayudaron al cambio de régimen. Mucho de ello tiene una razón: no quería ser Presidente.

El maestro Olivares Santana guardó la forma y el fondo. Le ayudó a seguir vivo en el presupuesto.

Manuel Bartlett fue la mano enrojecida de un gobierno gris. Manifestaciones sociales, huelgas y asesinato de periodistas y políticos marcaron la acción de un político que marcaría el final de una era. No así el final de su carrera política, esa aún continúa con todo y cambio de piel.

Fernando Gutiérrez Barrios demostró como su colmillo era el más grande de la administración de Carlos Salinas. Supo cómo maniobrar medios y miedos. El error fue advertir que su paciencia se había agotado. Salinas debió cambiar secretarios que entraron en el periodo de descomposición de su gobierno. Patrocinio González y Jorge Carpizo ayudaron a que el sexenio salinista acabara en la agonía y no en el éxtasis.

Zedillo tuvo la mala fortuna en Bucareli. Moctezuma, Chuayfett y Labastida -Diodoro ni tiempo tuvo para nada- fueron punto final de un periodo extenso de hegemonía priista.

Ahora, Osorio regresa con el PRI a tratar de tener paciencia. En mangas de camisa pero en franca competencia. A ver si le alcanza.